Paraguay clasificó a los últimos mundiales y todo indica que irá también al de Sudáfrica. Se ha generado una mancomunión que parece indestructible entre la selección paraguaya y su pueblo.
‘Orgullo nacional’, tituló en su contraportada el diario Última Hora, uno de los dos más importantes de Asunción, la apacible y aún colonial capital del Paraguay. Debajo, una gran foto de Nelson Haedo, bravo atacante del Borussia Dortmund alemán, abrazado con Cristian Riveros, dúctil volante del Cruz Azul mexicano. El título resume con fidelidad el sentir de los 6 millones de paraguayos que viven en el país, los 2,5 millones que habitan en la Argentina y algunos cientos de miles más diseminados por el mundo.
Pocas veces un país se despierta tan orgulloso de sí mismo como Paraguay, el último miércoles, luego de su victoria 2-0 sobre Venezuela, que le garantizaba el liderazgo absoluto en la tabla de posiciones, más allá de los otros resultados. El jueves, cuando ya se sabía de las frustraciones de Brasil (0-0 con Bolivia) y Argentina (1-1 con Perú) esa sensación aumentó; el nuevo amanecer fue más feliz todavía.
Paraguay es un país mediterráneo, con notorias carencias y escaso desarrollo, al que el nuevo presidente, el ex obispo Fernando Lugo, intentará sacar del atraso y la corrupción. Miles de personas emigran en busca de horizontes más prometedores. Pero tiene un motivo para sonreír, un pasaporte a la esperanza: su fútbol. Nadie lleva por delante a Paraguay en un campo de juego, ahí no es menos que ninguno. El hombre común, la gente que sufre, sabe que sus compatriotas dejarán el alma en el césped para darle una alegría. Allí, sobre el rectángulo verde, se siente un país ganador, un ciudadano de primer mundo. Pocas actividades reflejan tan cabalmente la idiosincrasia nacional como el fútbol.
Se ha ido generando una mancomunión que parece indestructible entre la selección paraguaya y su pueblo. Los futbolistas sienten un apoyo irrestricto, el público sabe que no lo defraudarán.
Durante el entretiempo del juego con Venezuela conversamos con el flamante presidente Lugo, un ex monseñor que abandonó los hábitos para ingresar en la política y, desde allí, combatir las desigualdades sociales. El Vaticano le extendió una inédita dispensa para que pudiera asumir la Primera Magistratura. En menos de tres años, Lugo se lanzó a la carrera presidencial y puso fin a 61 años de hegemonía del Partido Colorado. El país confía firmemente en él. Es un hombre sencillo que proviene de un hogar humildísimo y que, Iglesia mediante, cursó altos estudios en Roma. Asistió al estadio Defensores del Chaco a ver el juego ante Venezuela. Viste habitualmente una sencilla camisa, una chaqueta y calza sandalias franciscanas.
“El fútbol es maravilloso”, nos dijo, verdaderamente asombrado por el fervor de las tribunas, pese a no ser un lego en la materia: se confiesa reconocido hincha de Cerro Porteño y sabe bastante del juego. “Es un elemento de unión extraordinario que ayuda a vivir mejor a la gente.
¡Mire cómo está feliz todo el mundo…! Claro que un partido no va a cambiar la vida de una persona, pero la alegra, sobrelleva mejor sus problemas”, analiza.
Paraguay se cortó solo arriba. Clasificó a las últimas tres Copas del Mundo y todo indica que irá también al próximo. Esto sin contar la notable cantidad de futbolistas actuando en el extranjero. El fútbol paraguayo representa la fiereza de su raza; los guaraníes, dicen, eran una tribu guerrera y fuerte. Así son jugando. En los últimos años han incorporado, además, una técnica depurada y excelente organización dentro y fuera del campo. Se ha ubicado nítidamente como el tercero de Sudamérica detrás de Brasil y Argentina.
El fútbol dispara las pasiones más encendidas. Y mientras otros discuten y critican, Paraguay avanza.