Domingo 14 de septiembre del 2008 Religiosa y Obituarios

El misterio de la fe

Dios y yo

El sacerdote en la misa, inmediatamente después de haber mostrado al pueblo el Pan (que ya no es pan), y el Vino (que ya tampoco es vino) declara lo ocurrido con esta impresionante afirmación: “Este es el Misterio de la Fe”.

Nos dice la Verdad, aunque nuestra mirada, hecha para lo de abajo, no perciba más que pan y vino. Nos dice la Verdad porque el poder de Dios ha convertido toda la sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de Cristo, y toda la del vino en toda la sustancia de su Sangre.

Este asombroso Misterio de la Eucaristía, hace que Jesús, rompiendo el tiempo y el espacio, se haga presente en la misa; y permite que se ofrezca, como se ofreció en la Cruz, para alabar al Padre, para agradecerle lo que hace por nosotros, para pedir perdón por nuestras faltas y pecados, y para hacer llegar al Padre nuestras oraciones.

He dicho que se ofrece “como se ofreció en la cruz”. Pero debo destacar que no se trata de un segundo sacrificio. No se trata de que el Sacrificio de Jesús se multiplique. Precisamente porque Jesucristo, con su muerte y su Resurrección ha traspasado el tiempo, todo lo suyo puede actualizarse en cualquier lugar y tiempo. Y por eso se actualiza en el altar –se hace actual–  el sacrificio de la Cruz. El mismo sacrificio, con el mismo sacerdote y la misma víctima, que se ofreció en la Cruz.

No es un sacrificio cruento, claro está. Pero en él se da lo que caracteriza el verdadero sacrificio: la entrega por Amor de una persona.

Estas fuertes consideraciones me parecen oportunas para colocar en su lugar exacto las misas que se van a celebrar este domingo. Porque si se olvidara la sustancia de la misa –es decir, si se pensara que son solo reuniones de creyentes–  perderían su eficacia.

La fecundidad de “nuestra” misa –esto es, la que Jesús ofrece unido a usted y a mí– no depende de las muchedumbres que se puedan reunir junto al altar. Depende de ese Sacrificio incruentamente renovado por el mismo Jesucristo Señor Nuestro.

Por eso el Catecismo de la Iglesia nos enseña que en la Eucaristía “se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo nuestra Pascua”. Y por eso nos subraya que este Sacramento del Amor “es el compendio y la suma de nuestra Fe”.
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