Érase una vez un joven y apuesto rey, soberano de una tierra de esplendorosas montañas cerca del extremo sur de África. Le gustaba casarse y, con el paso de los años, tomó en matrimonio a 13 mujeres, todas ellas grandes bellezas.
Su pueblo quería que fuera feliz, pero algunos también pensaban que tantas esposas era una extravagancia para una nación pobre y minúscula. Después de todo, el rey Mswati III a menudo asignaba a esas esposas un séquito, un palacio y un flamante BMW.
De hecho, un gran acontecimiento estaba a punto de producirse el 6 de septiembre. Para prepararse para ese día —la Celebración 40-40, llamada así en honor del 40 cumpleaños del rey y del 40 aniversario de la independencia del país—, se construyó un estadio con 15.000 asientos y se encargó una flota de turismos BMW para la comodidad de los visitantes.
Una vez más, algunos ciudadanos se preguntaban cómo el reino, Suazilandia, podía permitirse esos lujos. Unos 1.500 marcharon malhumorados a modo de protesta por la capital después de que los servicios informativos dijeran que varias de las reinas y sus séquitos se habían ido de compras al extranjero.
Efectivamente, a medida que el gran día se acercaba, otras protestas hacían salir a miles de personas más a las calles de las sus principales ciudades.
Los más indignados llegaban al extremo de insistir en que la nación no tenía mucho que celebrar.
Sí, los suazis han disfrutado de décadas de paz y están orgullosos de su cultura. Pero la pobreza atrapa a dos tercios de la población, y ha dejado a centenares en estado de desnutrición. La muerte se lleva incluso a los más fuertes.
El país tiene uno de los peores índices de afectados por VIH del mundo. La esperanza de vida se ha reducido de los 60 años en 1997, a apenas la mitad ahora. Casi un tercio de los niños ha perdido a alguno de sus progenitores.
“¿Cómo puede vivir el rey rodeado de lujos mientras su gente está sufriendo?”, se pregunta Siphiwe Hlophe, activista pro derechos humanos. “¿Cuánto dinero necesita, en resumidas cuentas?”.
La pregunta era tan desconcertante como impertinente. En el último presupuesto del Gobierno, se reservaron unos 20 millones de euros para “emolumentos reales”.
La familia real también controla un imperio de sociedades anónimas “en fideicomiso para la nación”, que invierten en caña de azúcar, propiedades comerciales y un periódico.
Forbes.com situaba recientemente a Mswati III como el decimoquinto monarca más rico del mundo, con una fortuna calculada en unos 140 millones de euros.
Pero la mayor parte de los 1,1 millones de habitantes de Suazilandia adora a su rey.
Una de las mayores tradiciones de Suazilandia es la Danza del Junco, en la que mujeres con llamativos adornos y los pechos desnudos desfilan ante la familia real y otros invitados. Los detractores del rey consideran que estas festividades son una manipulación de la cultura con fines políticos.
En los últimos años, el ritual se ha vuelto todavía más emocionante, ya que Mswai III a veces selecciona a su próxima reina de entre las vírgenes.
Cinsile Maseko, una niña de 13 años, no se imaginaba que ella fuera a ser la elegida, pero aún así fantaseaba sobre una transformación marital de la pobreza a la abundancia.
Disfrutó de la idea durante algunos segundos, y luego añadió otro feliz pensamiento: “Estaría con el rey”.