Cosmopolita es una palabra llena de connotaciones y con una larga historia, y por lo visto, más cuando sale de los labios de Rudolph Giuliani, ex alcalde de Nueva York.
“Lamento que a Barack Obama le parezca que la ciudad natal (de Palin) no sea lo suficientemente cosmopolita”, declaraba el otro día con evidente desdén, en un intento por contrastar el mucho mundo que tiene el candidato demócrata, que ha llevado su campaña hasta la lejana Berlín, con las virtudes típicamente estadounidenses del refugio de Sarah Palin en Alaska, la población de Wasilla (de 9.780 habitantes).
Este fervor “palinista” da a entender que Giuliani ha olvidado el cosmopolitismo de la gran ciudad que gobernó durante ocho años. Ahora prefiere el provincianismo de la candidata republicana a la vicepresidencia, a la sofisticación internacional de la Gran Manzana. Claro que, en política, la cosa es ganar. Después de ocho años de gobierno de Bush, la economía ha perdido fuerza, la desigualdad crece y mucha gente se siente más pobre. De modo que, ¿qué les queda a los republicanos aparte de retratar a los demócratas como tipos bohemios, snobs, chic y amantes del brie que son protoeuropeos? Aun así, la burla que hace Giuliani de lo cosmopolita me echa para atrás.
Él es un animador del mundo libre, y un neoyorquino, así que debería tener cuidado con adoptar el léxico de los soviets, que usaban “cosmopolita” (kosmopolity) como consigna en las campañas antisemitas. A los enemigos de Stalin se les etiquetaba como “cosmopolitas sin raíces”: todo el mundo sabía lo que significaba y el espantoso destino que presagiaba.
A los “cosmopolitas” de Estados Unidos no les aguarda ese destino, pero la connotación de anti-estadounidense y de poco de fiar está ahí, al menos en la jerga republicana.
La recuperación de esa palabra en política refleja realidades económicas dolorosas que han convertido el nacionalismo estadounidense en el refugio de muchos perdedores de la globalización.
Como el capital puede ir a cualquier parte a reclutar mano de obra barata, los ricos han prosperado. Los estadounidenses no calificados no lo han hecho, porque ahora cientos de millones de trabajadores en lugares como Vietnam compiten por sus trabajos.
Estas tendencias no hacen feliz a un país. La diferencia entre los universitarios educados en el mundo digital que pueden explotar las posibilidades de la globalización y los que no son muy duchos en la cultura de Internet es muy marcada. El resentimiento crece; “cosmopolita” se convierte en un insulto fácil que poder soltar a los más calificados. En la actualidad, los 10 estados con menos gente culta de Estados Unidos, menos uno, son firmemente republicanos.
¿Y a quién se puede atacar mejor por ser cosmopolita que a Obama, el primer candidato negro, un hombre que ha recibido parte de su educación en un país musulmán y que ha tenido el valor de declarar en Berlín que es un “ciudadano del mundo”? Como escribía George Will, un columnista conservador, “Obama quería que los berlineses supiesen que está orgulloso de ser cosmopolita”.
El yihadismo es otra reacción al cosmopolitismo que salta fronteras.
Antes de darnos otra muestra de su labia patriotera, Giuliani debería recordar que los atentados del 11-S iban dirigidos a símbolos destacados de lo cosmopolita. El polvo y los escombros sobre los que él puso el pie contenían los restos de la polifacética humanidad de Nueva York.