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Se asalta por toda la ciudad y a distintas horas. Si bien la Policía Nacional hace su mejor esfuerzo, a determinadas horas el patrullaje es casi inexistente.
Observé una mejor cobertura cuando la Corporación para la Seguridad Ciudadana coordinaba acciones con la Policía Nacional. No vemos por ningún lado las camionetas Dimax recorriendo la ciudad. Antes eso era notorio. Ha desaparecido la guardia privada que recorría la zona regenerada de la avenida Nueve de Octubre.
Vemos con mucha preocupación que al problema de la delincuencia se lo aborda desde un punto de vista o policial, o legal, dejando aparte un mejor tratamiento del tema que nos involucra a todos.
Escucho desde hace tiempo –tanto a políticos de derecha, centro e izquierda, autoridades locales y nacionales– justificar el problema por las condiciones socioeconómicas de la población. Esa es una mirada tibia que resuelve el fenómeno.
Se observa una buena organización para delinquir, generada por bandas con conocimiento y apoyo logístico, vehículos, comunicación, que poco o nada tienen que ver con las condiciones de pobreza.
Estamos frente a la industrialización del delito, amparados en un concepto que pocos abordan, la impunidad. Cualquiera delinque y sabe que puede intimidar a las víctimas y que de nada sirve denunciar; pues los agresores tienen más derechos humanos que los agredidos.
La población que paga impuestos debe exigir un abordaje más serio sobre el problema delincuencial. Lamentablemente se lo maneja desde el discurso político, cuando la situación que afrontamos es de mayor complejidad. Existen los profesionales que pueden plantear estudios, abordajes y posibles soluciones, pero jamás son convocados por autoridad alguna.
La delincuencia se la maneja políticamente. No existe un estudio serio y científico del mismo.
Gregory Asisclo Garay Arellano, Guayaquil
¿Quién es el único causante de la ola delictiva que tiene atrapada a Guayaquil?, el propio Presidente. Es Correa.
Este Presidente que en su envidia enfermiza a la ciudad por tener la mejor Alcaldía del país, obligó a la Policía a terminar el convenio con la Corporación de Seguridad Ciudadana promovida por ciudadanos y por el Municipio de Guayaquil.
Y no solo en ese sentido confrontó a la ciudad con la Policía, sino que en un acto infantil impropio de un estadista, mandó a la Policía montada –que no habíamos visto en años en esta ciudad– para que los caballos defequen y ensucien nuestra Plaza de la Administración. Ante la queja del Municipio, el jefe de la Policía respondió que la limpieza no era asunto de ellos. ¿No es eso indisponer a la Policía contra la ciudad e insultar a sus ciudadanos? ¿Y lo de la Universidad Católica?
¿Podemos confiar en que ellos nos defiendan si Correa los ha convertido en nuestros enemigos? Y ahora, aquí estamos, ya de lleno en la inseguridad más atroz: sicarios matando por doquier, taxistas amarillos o piratas secuestrando jóvenes, violando a las mujeres y apaleando a los hombres; asaltos a restaurantes, a almacenes. ¿Y hay cómo defenderse?, no, porque siguiendo su malvado y cuidadoso plan, ya desarmó a los guardias y a los ciudadanos.
¿Cuál es su fin?, ¿el caos?, ¿una ciudad paralizada por un toque de queda autoimpuesto para hacer de la ciudad lo que le dé la gana? ¡Yo no sé!, que me lo diga algún experto, algún analista político, o algún psiquiatra. ¡Qué vergüenza da observar cada día una mentira más, una manipulación más orquestada desde este Gobierno con fines escondidos!, que se aprovecha de un país ingenuo (¿o ignorante?), pacífico (¿o cobarde o cómodo?).
Cecilia Estrada, Guayaquil |