Si a alguien tengo que agradecer como fuente permanente de curiosidad en la redacción de mis artículos es a Hugo Chávez y naturalmente a todas las consecuencias de su inagotable e insaciable demagogia política. En ese contexto, había pensado escribir algo sobre la probable relación que existe entre la criminalidad y la utilización del discurso que exacerba el resentimiento social y qué mejor ejemplo podría graficar aquello que referirnos a lo que está ocurriendo actualmente en ciudades como Caracas y el clima de total inseguridad que ahí se vive.
Sin embargo, el propio Chávez me lleva a escribir sobre otros sucesos, inevitablemente relacionados entre sí, que tienen un profundo significado en el escenario político internacional. La serie de estos eventos comenzó con la sorpresiva llegada de dos aviones bombarderos rusos TU-160 a Venezuela para maniobras estratégicas, en momentos en que todos los analistas coinciden en que estamos a la puerta de una segunda guerra fría, con todas las implicaciones que eso conlleva. Casi enseguida, Chávez denuncia la intención de un golpe de Estado, claro, acusando a los Estados Unidos, para luego proseguir con la expulsión del embajador de Estados Unidos en Caracas y el anuncio abierto de que si algo le pasaba a Evo Morales, él apoyaría cualquier movimiento armado en Bolivia (cuánta desvergüenza), para finalmente amenazar con suspender el suministro petrolero a los Estados Unidos.
Semana movida por lo tanto nos ofrece Chávez; desde aviones rusos, expulsión de embajador, denuncia de golpe de Estado y la advertencia de crear un movimiento armado en Bolivia en su calidad de gran hermano del mediocre y atormentado gobernante boliviano. Pero, ¿todo esto ocurre gratuitamente, sin que exista una causa motivadora de tanto apasionado desenfreno político?, ¿o existe alguna razón que está llevando a Chávez a un comportamiento tan esquizofrénico? Y es que, por más aparatosa que haya sido siempre la actitud de Hugo Chávez, al menos respondía a un patrón de comportamiento que en esta semana se ha desbordado totalmente, lo que nos obliga a desviar nuestra atención hacia un hecho legal, específicamente la causa judicial iniciada en Miami en el llamado caso del maletín, que develaría los secretos de la ayuda económica que brindó Chávez a la presidenta de Argentina para el financiamiento de su campaña.
Más allá de todo el enredo legal que supone el juicio que se ha iniciado por esa causa, resulta indudable que el trasfondo principal ratifica lo que ha sido un secreto a voces en los últimos procesos electorales que se han dado en varios países latinoamericanos: el hecho de que Hugo Chávez ha financiado de forma ilegal y arbitraria varias campañas en tales procesos, favoreciendo con sus ayudas el presupuesto electoral de algunos gobernantes de la región. A quiénes ha favorecido, en qué montos y en qué época, son preguntas muy difíciles de aclarar y que podrían originar una tormenta política en Latinoamérica. En ese sentido, los 800.000 dólares que iban en el maletín destinados a la campaña de Cristina de Kirchner hubiesen sido anecdóticos en la generosidad chavista, si no hubiese sido descubierto el maletín que los contenía.
Quizás por eso, Chávez tiene razón en estar preocupado y en repetir lo que dijo el jueves pasado, “Yanquis de mierda, sépanlo”. ¿Sepán qué, Hugo Chávez?