Llevo algún tiempo apreciando a los emisores que envían circulares, consejos, cadenas de oración, prevenciones de virus informáticos y toda clase de materiales a través de la red. Deben de tener generosidad en el corazón y buen tiempo disponible. Yo jamás lo hago. Prefiero intercambiar palabras con gente concreta y sobre temas específicos. Naturalmente estoy devorada por diálogos profesionales y asuntos de trabajo. También sé de anónimos y ataques arteros, pero esos no merecen ni siquiera mención.
Lo cierto es que desde que disponemos de esta vía universal de comunicación la vida se nos ha llenado de mensajes, muchísimo más que cuando el cartero tocaba nuestra puerta y le dábamos una propina por el esfuerzo. Figuro en la base de datos de variopintas intenciones: me anuncian desenfrenada actividad de bares y discotecas, me venden toda clase de productos, me tienen en el blanco del Sí o del No en estos tiempos de batallas electorales, me informan de amplia actividad cultural. Todo válido según el ánimo o los minutos de cada jornada frente a la computadora.
El último mensaje viene de alguien a quien respeto y quiero mucho y me pone a pensar a costa de un poema de Santa Teresa de Ávila. Y como entre la Santa y yo solo hay un vínculo literario, mas no de creencias, trato de extraerle el sentido desde un humanismo lato, que permita el encuentro a través de los siglos y por encima de la mística. El consejo de la serenidad (“nada te turbe/ nada te espante”) va muy bien para este enfurecido presente cuando lo que más se ve son gestos airados y peligros por todas partes, tal vez, me digo, un semblante tranquilo, un talante apacible, le baje la adrenalina al ofensor de turno y no sea yo, por el simple hecho de existir, quien realimente su furia gratuita.
Sin embargo, de la mano de la poeta (“todo se pasa/ Dios no se muda/ la paciencia/ todo lo alcanza/ quien a Dios tiene/ nada le falta/ solo Dios basta”) el texto avanza en una glosa que me produce algunos reparos. Me recomiendan abandonar “el ruido”, “las preocupaciones”, el “peso” de la vida cotidiana para “escuchar en lo profundo de tu ser”.
Cualquier apelación a la esencialidad de la vida me problematiza porque no me concibo más que como ser histórico y situado. No conozco ningún procedimiento que permita los olvidos –por momentáneos que fueren– las rupturas con el yo, inquisidor y tajante, que lleva la contabilidad de mi existencia.
¿Será bueno querer vaciarse de lo que somos?, me interrogo, como si una renuncia absoluta nos pusiera en mejor predicamento frente a nosotros mismos. Creo que el pozo ardiente de mi inconciencia sostiene lo que soy, tan fuertemente como mis convicciones y que de la combinación de esos contenidos brota una persona dispuesta a asumir sus errores y sus aciertos. Los esfuerzos por olvidar y quedarnos solos para “escuchar otras voces”, sean las personales del interior o las que puedan teñirse de otra identidad, son vanos manotazos de evasión y de dolor.
La libertad y la soledad, aceptadas como rasgos de la condición humana, vienen, contradictoriamente, pobladas de rostros simbólicos. Jamás, mientras lata mi corazón, aceptaré la semejanza con “madera muerta en invierno” ni una vaciedad que me separe de mis seres significativos.
Me quedo poblada de fantasmas, rodeada de armónicas voces que me musitan muchas palabras al oído, hasta aquellas en las que no creo.
Simplemente, estoy viva, habito el mundo, soy historia.