sábado 13 de septiembre del 2008 Columnistas

El cambio está lejos

¿Por qué faltan valores y ética y cómo cambiar esta realidad?, fue una de las preguntas en una reciente reunión de maestros.

La pregunta es interesante y aunque se pueden ensayar varias respuestas, desde las profundamente filosóficas hasta las testimoniales y prácticas, hay una primera que surge espontáneamente, y aunque parezca que solo se le da vuelta al asunto, la verdad es que faltan valores y ética porque no los ponemos en práctica y los dejamos en el discurso.

El asunto es un tema de educación, pero no solo de la educación formal, de la escuela, el colegio y la universidad, sino también de lo que se llama la educación asistemática, esa que se recibe de la sociedad que tiene una gran fuerza educadora.

La primera sociedad que conoce una persona es la familia, luego la escuela, es allí donde se inicia su educación moral, donde se aprende a hacer uso de la libertad, que es el fundamento del actuar ético. Es allí donde se aprende a razonar y a distinguir racionalmente las alternativas antes de decidir cómo actuar.

Muy pronto los niños y jóvenes descubren también un entorno mayor, el barrio, la ciudad, los medios de comunicación, de ellos también reciben criterios e influencia. Aún quedan los personajes públicos, que se convierten en modelos y establecen patrones de comportamiento que van desde la manera de vestirse hasta la forma de expresarse y de relacionarse con los demás. Ellos son también educadores.

Todo hecho educativo es también un momento de comunicación y, por lo tanto, tiene un mensaje explícito, el que se dice, y un mensaje paralelo, que no se dice, pero que allí está, dado por el tono, por los gestos, por los silencios, por las presencias, por las ausencias y, en definitiva, por lo que el sujeto que comunica es.

No es pues de extrañar que, como decía la pregunta a la que se refiere el primer párrafo de esta nota, nos falten valores y ética.

Si decimos algo y hacemos lo contrario, si predicamos democracia y somos intolerantes, si decimos respetar los derechos humanos e irrespetamos a las personas ofendiéndolas, menospreciándolas y hasta calumniándolas porque así nos conviene, si pedimos responsabilidad y somos irresponsables, si predicamos honestidad y cometemos actos pequeños o grandes de corrupción, si reclamamos veracidad y mentimos; no es extraño que vivamos en un mundo inseguro en el que reina la desconfianza porque “todo vale” es la norma suprema en la vida cotidiana y en la política de cada día.

Buscamos la solución en las leyes, nos quieren convencer de que un nuevo texto constitucional cambiará nuestra vida, pero lo cierto es que lo único que una ley –y la Constitución es la ley suprema– puede cambiar es las definiciones, la estructura institucional, pero no la manera de actuar de los gobernantes y de los ciudadanos.

Que nuestro país necesita cambiar, nadie lo duda, pero ese cambio más que legal es moral y, ese, a juzgar por lo que vemos, oímos y actuamos, está lejos.
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