viernes 12 de septiembre del 2008 Columnistas

La estrategia del resentimiento

El Partido Republicano, ahora más que nunca, está firmemente en manos de la derecha enojada, que siempre ha sido mucho más grande, mucho más influyente y ha estado mucho más enojada que su contraparte en el otro bando.

¿Puede realmente el superacaudalado ex gobernador de Massachussets –el hijo de un alto ejecutivo de  Fortune 500  que hizo una fortuna vasta en el negocio de la compra de compañías con dinero prestado– mantenerse impávido cuando denuncia a las “élites del Este”?

¿Puede un ex alcalde de la Ciudad de Nueva York, un hombre que, como lo expresó  USA Today,  “marchó en desfiles por el orgullo gay, engalanado con ropa de mujer, que vivió temporalmente con una pareja gay y su Shih Tzu” –cuando estaba entre su segundo y tercer matrimonio– realmente salirse con la suya diciendo que Barack Obama no piensa que las ciudades pequeñas son lo suficientemente “cosmopolitas”?

¿Puede la candidata vicepresidencial de un partido que ha controlado a la Casa Blanca, el Congreso o ambos durante 26 de los últimos 28 años, un partido que, al estilo Borg, asimiló gran parte del cabildeo en D.C. en sí mismo –hasta que el Congreso cambió de manos, los empleos de cabildeo de sueldos altos estaban reservados para los republicanos leales– realmente describirse a sí misma como alguien que contiende en contra de la “élite de Washington”?

Sí, sí pueden.

El martes, él, a quien no se debe nombrar –Mitt Romney lo mencionó solo una vez, Rudy Giuliani, y Sarah Palin para nada–, pronunció un discurso por video en la Convención Nacional Republicana. John McCain, prometió el presidente Bush, se enfrentaría a la “izquierda enojada”.

Sin duda que eso es cierto. Sin embargo, no se dejen engañar ni por la reputación añeja de McCain como un disidente ni por la atractiva imagen pública de Palin: el Partido Republicano, ahora más que nunca, está firmemente en manos de la derecha enojada, que siempre ha sido mucho más grande, mucho más influyente y ha estado mucho más enojada que su contraparte en el otro bando.

¿Cuál es la fuente de todo ese enojo?

Claro que parte de él se deriva del conflicto cultural y religioso: los cristianos fundamentalistas están sinceramente consternados por Roe vs. Wade (legalización del aborto) y la evolución en el plan de estudios.

Lo que me impactó cuando vi los discursos de la Convención, no obstante, es lo mucho que el enojo de la derecha no está basado en el dicho de que los demócratas han hecho cosas malas, sino en la percepción –por lo general, sin bases en ninguna evidencia de ningún tipo– de que los demócratas miran con desdén a la gente común.

Por tanto, Giuliani afirmó que Wasilla, Alaska, no es “lo suficientemente llamativa” para Obama, quien nunca dijo semejante cosa. Y Palin afirmó que los demócratas “ven con desdén” a los alcaldes de los pueblitos, de nuevo, sin ninguna evidencia.

En otras palabras, lo que el Partido Republicano está vendiendo es pura política del resentimiento; se supone que se debe votar por él para que siga pegado a una élite que piensa que es mejor que usted. O, para decirlo de otra forma, el Partido Republicano sigue siendo el partido de Nixon.

Una de las perspicacias clave en Nixonland (Nixonlandia), el nuevo libro del historiador Rick Perlstein, es que la estrategia política durante toda la carrera de Nixon estuvo inspirada en su experiencia universitaria, en la que fue elegido presidente del estudiantado explotando el resentimiento de sus compañeros hacia los Franklin, el club social de élite de la escuela. Existe una línea directa desde esa elección estudiantil a los ataques de Spiro Agnew contra “la cháchara de los mandamases sobre el negativismo” como “un cuerpo en decadencia de esnobs insolentes”, y de ahí, hasta el peculiar culto a la personalidad que no hace mucho rodeaba a George W. Bush –un culto que celebraba su antiintelectualismo y daba demasiada importancia al supuesto hecho de que el estudiante con promedio de C y “mal comprendido y subestimado” había demostrado ser más listo que todos los expertos dizque inteligentes–.

Y cuando Bush resultó no ser tan listo después de todo, y su presidencia se vino abajo y se quemó, la derecha enojada –¿los rajás embravecidos por el resentimiento?– se volvió, en todo caso, más rabiosa. La humillación suele hacer eso.

¿Podrán McCain y Palin realmente convertir el resentimiento nixoniano en una victoria electoral desilusionante en un año que debería ser abrumadoramente demócrata? La respuesta es un definitivo quizá.

Al seleccionar a Barack Obama como su candidato, es posible que los demócratas hayan dado a los republicanos una apertura: las mismísimas cualidades que inspiran a muchos partidarios fervientes del senador –la elocuencia rimbombante del candidato, el factor de su calma– y también lo hayan dejado expuesto a la reacción violenta nixoniana. A diferencia de muchos observadores, a mí no me sorprendió la efectividad del anuncio de “celebridad” de McCain. No tenía mucho sentido intelectualmente, pero explotó con habilidad el resentimiento de algunos electores hacia la cualidad de estrella de Obama.

Dicho lo cual, la experiencia de los años desde el 2000 –el recuerdo de lo que sucedió a los trabajadores estadounidenses cuando los republicanos, populistas falsos, controlaron el gobierno– aún está bastante fresca en la memoria del votante. Más aún, mientras que el supuesto desprecio de los demócratas por la gente común es principalmente un producto de la imaginación republicana, el Gran Partido Viejo (Republicano) es el Gramm Partido Viejo; realmente sí cree que la economía simplemente está bien, y el hecho de que la mayoría de los estadounidenses no esté de acuerdo, solo muestra que somos un país de quejumbrosos.

Sin embargo, los demócratas no pueden darse el lujo de ser displicentes. El resentimiento, sin importar qué tan artificioso sea, es una fuerza poderosa, y es una que los republicanos saben explotar muy, pero muy bien.

© The New York Times News Service

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