Muchas, diversas y muy complejas causas llevaron al pueblo, anhelante de un cambio urgente, a confiar en un desconocido que lo prometía con palabras y actitudes novedosas, alucinantes, arrolladoras. Así llegó al poder en Alemania Adolf Hitler y su nacionalsocialismo, el 5 de marzo de 1933, con 17 millones de votos (43,9 por ciento del total). Ese triunfo le dio argumentos para obtener, pocos días después, plenos poderes para gobernar.
El Episcopado alemán y la Santa Sede tenían grandes reservas frente a la ideología nazi. Pero no constituyeron obstáculo insuperable para aceptar la negociación de un Concordato, que fue firmado el 20 de julio de aquel mismo año. Se intentó así ahorrar a los católicos alemanes una persecución violenta, que hubiese tomado como pretexto la negativa de la Iglesia a celebrar ese pacto. Pero Dios sabe más. Y las violaciones al mismo, en los años siguientes, por parte del Reich, dieron base jurídica para las protestas de los obispos y de la Santa Sede, y para poner de relieve, ante todas las personas de buena voluntad, que la lucha no había surgido de la Iglesia sino de la falsía, embozada primero y desembozada después, de la otra parte.
Mientras tanto, Hitler y su partido iban ascendiendo hacia la cresta de su poder totalitario, descalificando y aniquilando toda oposición. Ganó así sucesivas elecciones y consultas populares, con porcentajes que fueron del 92,2 al 99,9 por ciento de los votos entre 1933 y 1937. Y entonces precisamente, el 21 de marzo de 1937, Domingo de Ramos, fue sorpresivamente leída en todas las parroquias del Reich una encíclica papal sobre el nacionalsocialismo, documento que burlando a la Gestapo había atravesado secretamente las fronteras de Alemania hasta llegar a cada parroquia.
Esa encíclica, la Mit brennender Sorge (Con ardiente preocupación) –excepcionalmente emitida en alemán y no en latín–, había sido fechada y firmada una semana antes, el 14 de marzo de 1937, Domingo de Pasión, por el papa Pío XI. Encíclica que, a pesar de su carácter condenatorio de la ideología nazista y de su sentido de protesta contra las violaciones del Concordato, es, ante todo, un documento doctrinal orientado a afirmar verdades de fe o de ley natural, con sentido positivo, antes que a condenar los errores que denuncia. No detuvo ni derrocó de momento al poder totalitario, pero denunció proféticamente, ante la historia y el mundo, el mal que los acontecimientos posteriores confirmaron trágicamente.
Lástima que no pueda, por falta de espacio, citar tantos y tan decidores párrafos de esa encíclica, algunos de asombrosa y palpitante actualidad en nuestro Ecuador del siglo XXI. Pero citaré, parcialmente y a modo de ejemplo, a lo menos uno: “La Iglesia de Cristo no puede comenzar a gemir y a lamentarse solamente cuando se destruyen los altares y manos sacrílegas incendian los santuarios. Cuando se intenta profanar, con una educación anticristiana, el tabernáculo del alma del niño, santificada por el bautismo; cuando se arranca de este templo vivo de Dios la antorcha de la fe y en su lugar se coloca la falsa luz de un sustitutivo de la cruz (…), entonces ya está inminente la profanación espiritual del templo, y es deber de todo creyente separar claramente su responsabilidad de la parte contraria, y su conciencia de toda pecaminosa colaboración en tan nefasta destrucción”.
Sería bueno que todas las personas de buena voluntad, por cierto los cristianos y en especial los católicos meditáramos en todo lo anterior, singularmente ahora, en vísperas de la Solemnidad de la Santa Cruz.