viernes 12 de septiembre del 2008 Columnistas

La verdad que enseña dentro

Al oír las proclamas de los voceros del Gobierno, de la cúpula de la Iglesia católica, de los maestros del MPD y del Alcalde de Guayaquil, entre otros, se comprueba que la contienda electoral es una oportunidad retórica que hace prevalecer la apariencia de lo cierto y no la producción de la verdad. Hacia fines del siglo III, Agustín de Hipona conoció la valía del lenguaje como instrumento expresivo y, especialmente, como un basamento que preserva las ideas después de acalladas nuestras voces; el santo tituló así un capítulo de su tratado acerca del lenguaje: “No aprendemos con las palabras que suenan fuera, sino con la verdad que enseña dentro”. Agustín proponía que la verdad no surge de las declaraciones coyunturales sino de una estructura interior, consistente y duradera, de las personas.

Esto es revelador al constatar, en el proyecto de nueva Constitución, el uso infeliz, desatinado, improductivo, desaliñado e innecesario del artículo femenino (“las ecuatorianas y ecuatorianos”, “las niñas, niños y adolescentes”, “las juezas y jueces”, “las servidoras y servidores públicos”, “las asambleístas y los asambleístas”, “las ministras y ministros”, “las notarias y notarios”). He supuesto que, con esta ligereza, unos asambleístas han pretendido confirmar la presencia dinámica de un segmento femenino que ha sido desoído en nuestra cultura política tradicional, y que, acaso, algunos sienten que se trata de una contribución lingüística de las feministas nacionales para asestar el golpe revolucionario que liquide el machismo de la sociedad. Mas, por sí sola, la letra  –incluso si es constitucional– no va a cambiar nada.

San Agustín podría sostener que la transformación no estriba en la palabra que suena fuera sino en la estructura que enseña dentro. Para ilustrarlo, me remito a una intervención de alguien que no presenta dudas con respecto a su creencia en la nueva Constitución, el ex presidente de la Asamblea Fernando Cordero, quien, este miércoles en Teleamazonas, respondió algo así a una inquietud de la copresentadora del programa de noticias: “Qué pena que una señorita tan linda crea en duendes”. Pero, ¿qué tiene que ver este aserto con el rostro de la periodista? ¿No es Cordero el abanderado de lo nuevo? Si no es bonita, según él, ¿una mujer sí puede dar crédito a cualquier cosa? Bajo la apariencia de un piropo galante –y no precisamente a la inteligencia de la persona–, ¿no está desautorizando a su interlocutora desde el poder macho?

Como se ve, de poco sirve, gramaticalmente hablando, anteponer lo femenino a lo masculino en los articulados de la Constitución si el adentro que nos mueve es estructuralmente anquilosado y aún aflora en los proponentes del cambio. Los responsables de la redacción constitucional han creído, ellos sí, en el cuco de que el machismo se esconde en el lenguaje y que si decimos “nosotras y nosotros” ya se ha dado el paso gigante que estábamos esperando. Al estudiar la Constitución no hay que detenerse en estas observaciones, sin duda, pero también hay que decirlas para que en el futuro cercano los derechos de los hombres y las mujeres no dependan de una torpe redacción sino que principalmente sean resultado de acciones éticas por parte de quienes trabajan por una sociedad mejor.
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