Los civiles en Afganistán están pagando un precio letal en la guerra en contra del talibán y la red Al Qaeda. Estados Unidos está perdiendo rápidamente la batalla por los corazones y mentes, y, a menos que el Pentágono idee una mejor estrategia, Estados Unidos y sus aliados bien pudieran perder la guerra.
Con base en datos del grupo por los derechos humanos Human Rights Watch, cuando menos 540 civiles afganos murieron en combates en los primeros siete meses del año. El talibán fue responsable de 367 de esas muertes; 119 afganos murieron en ataques aéreos de Estados Unidos y la OTAN, al tiempo que 54 murieron en otros ataques estadounidenses y de la Alianza del Atlántico.
Los números de este grupo con respecto a las muertes de civiles ocasionadas por Estados Unidos y la OTAN fueron mucho mayores el año pasado –434 muertes, incluidas 321 a partir de ataques por aire–, pero las cifras del 2008 aún son inaceptablemente altas. Y no se cuenta un ataque aéreo del mes pasado en el cual, alegan oficiales afganos, 95 personas terminaron muertas. Washington pone en duda esa cifra; es necesario que se lleve a cabo una investigación creíble.
Alguna vez los afganos consideraron a las tropas estadounidenses como sus liberadores, pero demasiados de ellos han llegado a verlos como enemigos. Si a eso sumamos la corrupción e incompetencia del gobierno con el respaldo estadounidense del presidente de Afganistán, Hamid Karzai, tememos que los afganos estén siendo impulsados de vuelta a las manos del represivo talibán.
Hay muy pocas tropas de Estados Unidos y de la OTAN en Afganistán para librar esta pelea en tierra. Así que la guerra en contra de un talibán cada vez más poderoso a menudo se pelea desde el cielo. Las bombas lanzadas en áreas pobladas aumentan las probabilidades de cometer mortíferos errores. En el 2007, bajo la presión de Karzai, la OTAN hizo cambios en la táctica para sus objetivos, demorando incluso algunos ataques en áreas en las que civiles pudieran salir heridos. Esta situación ha tenido cierto impacto pero, claramente, no es suficiente.
El secretario de la Defensa de Estados Unidos, Robert Gates, quiere enviar 4.500 efectivos adicionales de Estados Unidos a Afganistán. No obstante, comandantes estadounidenses en Afganistán han estado suplicando un número tres veces mayor desde hace ya varios meses.
Es necesario que la Organización del Tratado del Atlántico Norte incremente sus esfuerzos militares, y que, con otros estados, acreciente las fuerzas de seguridad de Afganistán, su capacidad administrativa y el desarrollo rural.
Los comandantes de la OTAN también están intentando coordinar operaciones más estrechamente con las fuerzas armadas de Afganistán, dándoles una mayor participación en la planeación de operaciones y conduciendo búsquedas. Estos cambios son bienvenidos, pero deberían haber ocurrido hace ya largo tiempo atrás.
Albergamos inquietudes similares con respecto a Pakistán. Esta semana, fuerzas estadounidenses en helicópteros, pertenecientes a Operaciones Especiales, atacaron a milicianos de Al Qaeda en una aldea paquistaní cercana a la frontera afgana. Cuando menos un civil, un niño, fue muerto y posiblemente hubo más, en lo que al parecer es el comienzo de una nueva ofensiva estadounidense.
La situación política de Pakistán es sumamente frágil, y el sentir antiestadounidense allá es feroz. El envío de más tropas y aviones estadounidenses a las regiones fronterizas plagadas por la ilegalidad pudiera valer la pena la repercusión, si la misión aprehendiera a un operador de alto nivel de Al Qaeda. Al parecer eso no ocurrió en esta semana.
© The New York Times News Service.