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Épica y lírica |
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En un país que no se ha caracterizado por respetar su Constitución resulta desproporcionada la importancia que el Gobierno le ha dado a la aprobación del proyecto elaborado por la Asamblea. Es difícil encontrar explicación al derrame de tanta energía, si lo más probable es que a ese texto le espere el mismo destino de los diecinueve anteriores. Nada ha cambiado como para pensar que de la noche a la mañana todo el mundo se vaya a poner a caminar por el sendero que marcan las normas escritas, menos aún cuando es un texto confuso, contradictorio, sujeto a múltiples interpretaciones y que en sí mismo (artículo 98) deja abierta la puerta para el juego fuera de la cancha. El lirismo que atraviesa a todos los capítulos de ese extensísimo texto puede ser una buena declaración de principios de quienes fueron mayoría en Montecristi, pero no constituye garantía alguna de eficacia en el momento de su aplicación y mucho menos de estabilidad.
Pero, más allá de esos problemas –que parecen preocupar a los propios autores, entre ellos el Presidente de la República, ya que han anticipado reformas aun antes de su aprobación en el referéndum–, el fondo del asunto es que el texto constitucional en sí mismo tiene escasa importancia dentro del contexto político. Como texto es útil en la medida en que puede facilitar la concentración del poder, pero eso pasa a segundo plano porque, como se ha visto hasta ahora, ella ha sido posible aun sin contar con una norma constitucional que la permita o la viabilice. La voluntad política se ha impuesto por encima de cualquier disposición legal o constitucional, y todo parece indicar que esa práctica se mantendrá en el futuro. En efecto, un triunfo en el referéndum, con cualquier porcentaje, aunque sea con un solo voto, alimentará esa visión mesiánica y decisionista que se ha impuesto como norma. Por tanto, la cosa no va por ese lado.
Lo que importa verdaderamente es el papel simbólico de la Asamblea y de la Constitución dentro del proceso global. Toda revolución necesita de momentos y de hechos fundacionales, a partir de los cuales se comienza a contar el nuevo periodo histórico. La toma de la Bastilla, el ingreso al Palacio de Invierno, la entrada a La Habana son momentos que marcan el antes y el después. Pero, ya que los tiempos no están para acciones épicas, hay que acudir a los recursos líricos. Basta recordar la leyenda colocada en el exterior del recinto manabita, con reloj en reversa incluido, que anunciaba por el un lado el fin de los tiempos y por el otro el comienzo del Tiempo (con mayúscula). No importa, en esas condiciones, ni el apuro ni la inexperiencia, tampoco la mala asesoría y la epidemia de originalidad que afectó a los integrantes de la mayoría y que se expresan claramente en el texto propuesto.
Estos pasarán la factura más adelante. Por ahora cabe saludar a la primera revolución que sustituirá a la épica con la lírica. |
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| Thomas L. Friedman |
Opinión internacional | |
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