Lunes 08 de septiembre del 2008 Sucesos

Terapias a menores infractores revelan las crisis en hogares

MARJORIE ORTIZ

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Algunos menores mostraron arrepentimiento durante una terapia de rehabilitación que se realizó en días pasados en el Hogar de Tránsito de Guayaquil.

Desapego familiar, maltratos, malos ejemplos y  una vida en la calle,  marcan la vida de infractores.

Pantalón hasta la rodilla, camiseta y zapatillas son el atuendo común que lucen en los patios y habitaciones los casi 85 menores de edad que cumplen sentencias o medidas socioeducativas en el Hogar de Tránsito de Varones de Guayaquil.

Están ahí acusados de múltiples delitos, más de la mitad por asalto y robo, también hay por intento de asesinato,  violación o por comercio ilegal de drogas. Entre ellos hay quienes dicen que han sido usados por adultos, que son inocentes, que no  volverán a delinquir.

“Estoy arrepentido”, prometen siete adolescentes  tras participar en  una terapia en el llamado “correccional de menores”.   Sentados forman un círculo, cada uno cuenta historias que hablan de desapego familiar, de maltratos, malos ejemplos y  una vida en la calle, que los ha marcado desde niños.

Empieza Pedro, de 16 años. “Vivo con mis abuelos desde hace tiempo, porque mi madre falleció de  cáncer. Yo no quería robar, pero  me convencieron. Cuando salga de aquí quiero ir a trabajar”, le comenta a la psicóloga Sara Groenow.

“Escuchen lo que dice Pedro. ¿Qué piensan de sus palabras? ¿Están de acuerdo con lo que dice?”,  pregunta a los otros chicos  la profesional. La primera respuesta es el silencio absoluto.

Después, cuatro adolescentes asienten con la cabeza para decir que están de acuerdo con las reflexiones de  Pedro.

“Aquí todos vamos a contar nuestra historia, todos vamos a tratar de comprender por qué algunos de nuestros compañeros actúan de una forma, que es muy parecida a la de los demás”, explica la profesional.

Un grafiti en la espalda de Pedro recalca en letras negras “Pillos, buena gente”. El estampado en la camiseta es una de las actividades a las que se dedica  mientras cumple su sanción. Otros han  plasmado en sus prendas mensajes alusivos a sus madres,  enamoradas, incluso hay leyendas con los nombres de los hijos que a su edad ya tienen.  Es una manera de “pasar el tiempo” en los patios de ese “correccional”.

Junto a Pedro, José junta las manos con nerviosismo, hasta que le llega el turno. Cuando su madre tenía seis meses de embarazo su padre la abandonó. Y cuando  nació, ella lo dejó al cuidado de unas hermanas, porque entonces, hace quince años, su padre cumplía sentencia en prisión por asalto con arma. Desde los 11 años ha vivido con su padre como si fueran amigos del barrio o de alguna pandilla. José le conseguía la droga y juntos fumaban marihuana. También se repartían las ganancias de lo que robaban, a veces  José no le daba la cantidad que le correspondía, sino  mucho menos.

Llegó al correccional después de cometer un asalto –con un adulto– en el sector de Lomas de la Florida. El mayor se dio a la fuga y a él lo capturaron porque llevaba un arma. Le quedan meses por salir, pero su destino, él mismo reconoce, es incierto. “Aquí adentro tengo un pensar, pero afuera no sé cuál será mi pensar. Uno busca trabajo y no encuentra”, comenta.

A su corta edad, José es padre de una nenita de meses de nacida. Cuando su enamorada tenía un mes de embarazo él la rechazó. “Mis amigos me dijeron que yo era muy joven para ser padre y mi pelada no quería abortar, dijo que me quería y que iba a tener el hijo”, expresa  con la mirada fija en el suelo.

Un día que se vieron, él le golpeó  el vientre para que aborte, pero los puñetes no lograron su objetivo. La niña quería nacer. “Me han dicho que está bien, aún no la conozco”, relata sin levantar la cabeza.

Le sigue Miguel Ángel, de 17 años. Ni él mismo sabe por qué hizo lo que hizo. “No sé qué me pasó por la cabeza, por qué  participé en el asalto, yo estaba bien en la casa”.

Lleva cerca de dos meses encerrado y está perdiendo las clases en el colegio en el que cursaba el sexto año. Lo atraparon junto a un adulto con el que robaba en una zona de la vía a Daule, en Guayas.  No tenía necesidades, recalca y  otra vez se cuestiona a sí mismo con la frase: “No sé qué me pasó”.

De apariencia menuda, cabello lacio y piel canela, Miguel Ángel vive únicamente con su madre desde que ella se separó de su padre, a quien le guarda rencor, “porque se fue con otra mujer”. “Cuando salga de aquí  quiero seguir con mis estudios y ayudar a mi madre”.

Comienza a caer la tarde en Guayaquil. Algunos obreros pintan las oficinas de la institución mientras madres, adolescentes embarazadas, hermanas y amigos  esperan que el guardia y los policías les permitan el paso para hacer la visita de la semana. Los que son de cantones fuera de Guayaquil, como Milagro, Durán o Daule, no siempre reciben visitas. Ellos vuelven a sus habitaciones o buscan armar equipos para jugar campeonatos de fútbol o voley en el patio del Hogar de Tránsito.
Hay unos, como Manuel, de 15 años, que prefieren aislarse detrás de uno de los pilares. Él esconde la cabeza entre las rodillas y llora en silencio.

José, de 15 años
IMPLICADO EN ASALTO

“Aquí adentro tengo un pensar, pero afuera no sé cuál será mi pensar. Uno busca trabajo y no encuentra”.

Pedro, de 16 años
ACUSADO DE ROBO

“Yo no quería robar, pero mis amigos me convencieron. Cuando salga de aquí  quiero trabajar y ayudar en la casa”.

Miguel Ángel, de 17 años
USÓ ARMA EN ASALTO
“No sé qué me pasó por la cabeza, por qué me decidí a participar en el asalto, yo estaba bien en la casa”.

 

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