Después de haber tenido una semana fatal, en la que además su propia mamá ayudó muchísimo a que ella llegara a ese estado catatónico.
“¡Estoy harta!”, repetía; el verdugo era su marido, con el cual se había casado hace solo un año y pocos meses. Además, yo se lo había presentado.
“Sí, sí”, le dije. “Ok, cuéntame por qué te quieres divorciar tan rápido, te acabas de casar y hace solo semanas que estás estrenando casa”, queriendo saber todos los detalles de la discusión o mejor dicho del tremendo rollo. Hubo un silencio y al segundo siguiente me dijo: “Vámonos al santuario de San Nicolás, le rezamos a la Virgen a ver si nos da paz interior (sí, Leticia usó el plural), nos internamos en el spa del hotel de la ciudad, pasamos un día juntas y te cuento todo. ¿Qué te parece?”. El resultado: tres horas y media de ida y otras tantas de vuelta, ir al santuario, almorzar en algún puestito típico, sacar alguna que otra foto kitsch entre tanto producto de marketing, inevitable comprar algún recuerdo de la Virgen, llegar a nuestra sesión de spa de tres horas, reservada la tarde anterior, e intentar no regresar a Buenos Aires demasiado tarde por el feriado. Una maratón total.
El viaje fue una delicia. El cielo azul, muy limpio, hacía frío y la ruta pampeana (chata, ultrachata) invitaba a partir; solo dos veces preguntamos direcciones a dos gauchos sexagenarios que al clavarnos la mirada –como si hubiésemos llegado en un pésimo momento– nos paralizamos del miedo y el gracias salió bajito de nuestros labios.
Apenas subí al carro y hasta que regresamos no paramos de hablar, conversar, reír, reflexionar y comparar sobre todos los temas posibles: relación con el marido, relación con los hijos del marido, con la ex mujer, con su propia mamá, con su psicóloga, con la casa, el dinero, el trabajo, los sueños propios, los hijos propios, los suegros, el poder que ejerce cada uno.
Es que pasar el día entero entre amigas es el mejor plan pero, sobre todo, la mejor cura para cualquier tipo de dolor, angustia, neura o simple duda existencial. Las verdaderas amigas te curan el corazón, el alma, sea por penas de amor, sea por aquellos momentos que nuestra autoestima no sube más que la temperatura en la Antártica, sea porque no entendemos cómo fue que llegamos hasta ahí y nos queremos morir. Así fue como todo tomó otra perspectiva, su marido pasó a ser querido nuevamente, al final nos reímos mientras nos identificábamos en tantísimas cosas y los problemas… Bueno, son parte de la vida misma, que como todo, depende 100% de cómo es nuestra mirada sobre ellos.
Confidentes, nuestras pocas y valiosas amigas, a las cuales fiamos nuestros secretos, dudas y temas más reservados. Sin dudarlo, ¿qué haríamos sin ellas?