Me cansó al igual que a muchos ver tantas mujeres puras, hombres equivocados y arrepentidos, y malvadas sobreactuadas.
Las telenovelas nunca han sido un plus de intelectualidad. La falta de imaginación de sus libretos repetitivos, el protagonismo de actores y actrices inflados por el maquillaje y la propaganda, las historias más viejas que el prensado de rosa y menta hacen de las telenovelas el peor espacio ocupado en la televisión nacional y el más alto rating de la costumbre cotidiana. Sin embargo, la televisión brasileña y colombiana han incorporado nuevos ritos dramáticos, poniéndoles la soga al cuello a producciones venezolanas y mexicanas.
La telenovela rosa da paso a la telenovela que tiene blancos, negros y grises. Fernando Gaitán (Café con aroma de mujer) tiene una mejor propuesta que Corín “llorado”, digo, Tellado. Como diríamos en el programa ‘El Aguacate’, La Dama de Rosa vs. Doña Bella, Los ricos también lloran vs. Yo soy Betty, la fea, Marimar vs. Páginas de la vida.
En Brasil hay mucho cuidado en el manejo de la sorpresa para que el libreto no decaiga. La gestión actoral está sostenida por la academia de los protagonistas y no por la línea de cuerpo exaltado y la cara bonita. Las historias son más reales, es decir, “posibles”. Se rompe el mito del rico malo, el pobre bueno, porque la calidad moral de los personajes está dada por la historia que se narra y no por la clase social a la que pertenecen.
En los últimos años se han introducido temas tabúes en las telenovelas: relaciones amorosas entre una mujer casada y un cura o relaciones entre parientes, sin saberlo, tramas que se convierten en un desafío a los códigos morales de esta sociedad… Como dirían mis parientes de la Sierra: “Qué horror, qué ha de ser”.
Se producen relaciones de parentesco, de vecindad y de amistad, de esta manera se introduce en el mundo familiar del televidente. La finalidad de los relatos consiste en el reconocimiento de una identidad que a veces es negada. Siempre es mejor comentar la vida de otros que la propia.
Mientras que las telenovelas colombianas están más cercanas a nuestra visión del subdesarrollo, en la trama impera la comedia. Dan cabida a la risa más que al llanto. Estas producciones parecen más de aquí, más de este lado de la realidad concreta. Hasta físicamente los actores son más similares a nuestros rasgos raciales y modelos estéticos. Pero hay algo que me preocupa. Lamentablemente, la no deseada violencia que marca a la sociedad colombiana y la entrecomillada tolerancia al narcotráfico, podrán dejar una mala escuela a un público no preparado.
Sin embargo, hay que reconocer que: La esclava Isaura, La ex, Sin tetas no hay paraíso, Roque Santeiro, Yo soy Betty, la fea, Tieta, Pedro el Escamoso, Páginas de la vida, Los reyes, La reina de la chatarra, Pasión de gavilanes, Bellísima, Hasta que la plata nos separe, nos han mostrado un guión que arranca carcajadas, genera conversaciones de té y polémicos debates en programas de opinión. Para algunos televidentes, “sin tetas no hay paraíso, pero sin buena trama tampoco habrá rating”.
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