No es que sea necesario proclamar una batalla abierta ante la diversidad ni de escoger entre el blanco y el negro o el cara o sello. En la familia Paredes cada quien tiene claro sus posturas: Carlos es hincha de Liga; Alexandra, del Deportivo Quito; y su madre, del Aucas. Aquello no es motivo de rivalidad en cada fecha del campeonato, pese a la euforia que se desata frente al televisor dentro de casa.
“Nadie nos impuso que debemos ser de tal o cual equipo, nosotros escogimos y no por eso nos queremos menos”, refiere ella.
Lo mismo ocurre en la familia Macías. Los tres varones son fanáticos de Emelec, aunque Luis –el padre– sea hincha de Barcelona. La derrota de alguno de los equipos es motivo de burla entre ellos, pero jamás los ha enfrentado o los ha distanciado, reconoce Luis júnior.
Su hermano, Jorge, incluso se ha resignado a que su hijo de ocho años esté en el bando de su abuelo y comparta la fanaticada amarilla. Intentó convencerlo, pero la determinación del niño fue más fuerte y ahora hasta le compra el equipo para ir juntos al estadio, aunque el apoyo no vaya hacia la misma agrupación.
Y si de defender posturas o estilos de vida se trata, María Torres es experta. Hace ocho años se volvió vegetariana y aunque nadie en su familia se inclina por ello no solo son parte de su decisión y la ayudan con comida sin carne, sino que han reducido la ingesta de este producto.
“Antes creo que podíamos comernos una vaca entera, pero ahora ellos consumen menos carne y optan por atún o pescado”, cuenta ella, que empezó un 1 de enero su nuevo estilo de vida por salud y la defensa de los animales.
Luego intentó volver a ser carnívora, pero ya no tolera la carne. “Nunca me han hecho comida especial, pero si hacen arroz con pollo por ejemplo me separan el arroz con verduras antes de mezclarlo y me dejan más ensalada”.
El tema ha causado más de un llamado de atención de su madre, pero no porque reproche su elección –aclara– sino que a causa de los viajes de trabajo y la dificultad de encontrar comida vegetariana comenzó a alimentarse con snacks y bebidas gaseosas.
“Ahora me molesta y me dice que me coma al menos un camarón, que qué le puede doler al animalito”, cuenta ella.
Ante todo... unidos
Pese a las diferencias ninguna de estas tres familias ha terminado peleada por equipos de fútbol o comida. Más bien, los temas han avivado las reuniones y la sobremesa dentro de casa.
La receta para que el hogar no se vuelva un campo de batalla, dice la orientadora Mónica Llanos Encalada, es sencilla: el respeto y la tolerancia ante la diversidad.
Son valores básicos, explica ella, que debieran aplicarse en situaciones cotidianas tan simples, como aceptar la vestimenta de cada uno o su estilo de peinarse.
“Siempre es importante que cada miembro pueda expresar lo que piensa y aprenda también a escuchar, que no prevalezca la opinión porque es el mayor o el papá o la mamá”, explica la especialista.
Y para conseguirlo es necesario fomentar la libre expresión de los chicos dentro de casa, hacer que aporten con ideas y puntos de vista; analizar sus posturas y reflexionar con ellos. El peor error en el que se puede caer: decir estás equivocado o satanizar sus criterios.
En épocas de referéndum, la reflexión se vuelve indispensable. Más aún cuando casa adentro no faltan las diferencias de criterios, las luchas radicales y por supuesto las tertulias en torno al Sí o el No.
En el último cumpleaños de Rosa María Moreira, sus sobrinos, hijos, nietos e incluso bisnietos encendieron el debate del tema, con argumentos tan variados y jocosos que hasta lo niños tomaron parte y optaron por preguntar de puesto en puesto la intención de voto de cada integrante. Para ellos la diversión y, claro el triunfo, estaba en reunir más personas por determinada postura, pero para los adultos en querer tener la razón sobre los temas que defienden.
El debate terminó entre mofas porque ni siquiera en la misma familia, entre esposo y esposa, había una unidad de criterios.
Respeto y libertad
La pluralidad es una parte inminente de la familia y ello no tiene por qué implicar una separación o distanciamiento entre los integrantes que no comulguen con los mismos criterios. Es más bien la oportunidad para disentir y demostrar que el cariño implica respeto.
En la familia Vera, por ejemplo, todos son cristianos, menos José, el jefe de casa, que se confiesa “católico, apostólico y romano”. Al principio se opuso a que sus hijos, nietos y su esposa se vincularan a esta religión y hasta se enfrentaba por criterios con ellos. Hoy, dice una de sus hijas, como nosotros fuimos tolerantes y respetuosos de sus creencias, él ha empezado a serlo también. Incluso participa con ellos de la oración y ha ido a la iglesia a la que su familia asiste.
“...Muchas veces olvidamos que somos seres diferentes e individuales, es decir que el papá no puede pensar igual que el hijo, o la mamá igual que la hija, este no es el molde con el cual hemos sido diseñados. Pero a pesar de las diferencias que podamos tener en esta familia, que nos hace especiales, podemos mantener la unidad", indica la psicóloga y orientadora Toyi Espín de Jácome.
¿Cómo lograrlo? El amor es el primer puente, considera ella, porque de este se desprenden otros valores como el respeto, la confianza y la tolerancia.
El respeto es ante todo sinónimo de libertad, dice. “Si no les damos la oportunidad a nuestros hijos de expresar sus ideas, pensamientos, en este espacio llamado hogar, ellos no sentirán la confianza de expresar sus sentimientos y sus diferencias en otro lugar, porque en la misma casa los callamos..”, opina ella.
La idea es que, sin ser autoritarios, la familia alcance autonomía de criterios y no se embarque en una lucha que implique bandos enfrentados y logre solo su desunión. (K.V.)