Domingo 07 de septiembre del 2008 Cultura

Bitácora de vida en la selva

Milagros Aguirre

Jorge Viteri escribe sobre el negocio del petróleo

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El oleoducto que transporta el petróleo ecuatoriano ha influido en la vida de los habitantes de la región amazónica.

Petróleo, lanzas y sangre, según su autor, hace ver la cara oculta de esa supuestamente brillante luna petrolera.

Petróleo, lanzas y sangre, de Jorge Viteri, es una bitácora que ha hecho este hombre de su vida y de su trajín de treinta años en la selva. Nos destapa los ojos y nos hace ver, no el paraíso terrenal que tenemos en la cabeza como imaginario de aquello que ocurre bajo ese infinito manto verde, no ese mito que hemos construido para ocultar la realidad de esas tierras, ni tampoco el brillo del dinero petrolero con el que hasta hoy se han llenado la boca los distintos gobernantes en discursos y promesas. El autor, como bien dice Miguel Ángel Cabodevilla en el prólogo, “nos hace ver la cara oculta de esa supuestamente brillante luna petrolera”.

Esta crónica, este diario, este testimonio, a veces intrépido, a veces íntimo, y con muchas páginas conmovedoras, tiene una gran virtud: se aleja de la historia oficial, de las cifras de la bonanza petrolera, para poner en evidencia muchas miserias, para dar voz a muchos habitantes de ella, héroes algunos, filibusteros otros y también mercachifles.

En este, como en pocos libros escritos sobre la Amazonía, el autor va rompiendo mitos, incluido el del buen salvaje tan apropiado por quienes asoman su nariz por ahí, hacen algunas fotos bonitas de indígenas desnudos adornados con coloridas plumas y publican hermosos libros gracias a ellos.

Los indígenas de los que habla Viteri están lejos de eso en que les han convertido las fotografías o el folclor: son personas, con nombres y apellidos, con conflictos, con una historia pasada y con injerencia y protagonismo en una historia reciente y descarnada frente a la vorágine del famoso desarrollo. Los huaorani dejan de ser ese genérico para ser tratados por sus nombres: Pego, Ompure, Araba, Mingui, Yeti, Deta, Babe, y tantos otros que aparecen en las páginas de Petróleo, lanzas y sangre.

El autor rompe mitos desde varios frentes. Incluso el mismo frente del cual él tuvo que ser parte a lo largo de su vida. El petrolero, así, en genérico, deja de ser el “malo de la película”, la transnacional, la marca de una empresa, así nomás... es más que eso, es el tipo que se faja en la espesura de la selva, que trabaja 20 días y descansa 8, lejos de su casa y de su gente, es el obrero ecuatoriano que abre trocha y que suda y padece lo indecible porque no tiene otra salida.

Viteri, principalmente, rompe el mito de la riqueza petrolera. Y eso resulta especialmente intenso y conmovedor. A lo largo de su relato cuenta que, como tantos, cuando salió el primer barril de petróleo se bañaron en el oro negro, gritaron de contento pues representaría el principio del desarrollo, el fin de la pobreza, el sustento para todos los habitantes ecuatorianos. Todos sabemos que no fue así. Y el autor lo sustenta: el petróleo no solo que ensució el ambiente, no solo que cambió el paradisiaco paisaje amazónico, sino que, como indica, ensució el alma de las personas. Su sentencia es desgarradora.

Con el petróleo llegaron los conflictos, las ambiciones, llegaron la prostitución, el trago, las pasiones, los embustes y las muertes, las vidas que quedaron ahí, pudriéndose en la selva, convertidas en cruces para el recuerdo en las riberas de los ríos amazónicos.

Siempre se dice que la vida no tiene precio. Ninguna de esas vidas que se perdieron y de las que da cuenta Viteri en su relato se compensan con las cifras de la macroeconomía. Ninguna puede ser suplantada con la cantidad de barriles que se producen a diario.

A lo largo del texto, el autor relata situaciones y personajes verdaderamente macondianos, diría, hasta surrealistas, que reflejan la ausencia  total del Estado en la zona. Las entregas de víveres a los huaorani, comunidad por comunidad, por ejemplo, a fin de que puedan ingresar  los taladros a llenar de agujeros la selva, debieran causar al menos algún sonrojo entre quienes, desde los altos puestos, se han hecho de la vista gorda en la historia petrolera del país.

Los hurtos de explosivos, que los huaorani tomaban por curiosidad, sin saber siquiera el peligro que significaba para ellos mismos aquellos artefactos que, según se empeñan en decir hasta ahora, algunos de aquellos que dictan talleres a los indígenas para facilitar la extracción petrolera, “no causan daño al medio ambiente”.

Personajes dignos de novela, aquellos que quedaron rezagados en los tiempos del caucho y de quienes no se ha escrito aún ni una línea, o aquellos, como el propio José Miguel Goldáraz, misionero capuchino, que todavía mantienen la esperanza de un mundo donde impere la justicia.

Conmovedoras son las páginas que Viteri dedica a Alejandro Labaka y al último viaje que le significó la muerte. Especialmente terribles y angustiosos los momentos de espera de quienes, como el propio autor, aguardaban el regreso de Labaka y de Inés Arango, sanos y salvos en su compromiso de defender la vida de los más indefensos. Muchas veces se ha contado esa historia, de muchas formas y en muchos libros. La que escribe Viteri resulta impresionante.

Él desmenuza las miserias del oro negro desde adentro. Él formó parte de los primeros pasos de la actividad extractiva y ha podido contar desde las entrañas mismas de ella, sus vicios y sus trampas, ha revelado secretos bien guardados de la industria petrolera en el Ecuador.

Él ha sido testigo de cómo se ha derrumbado el sueño del progreso. Él ha contado la historia, no desde los gritos oenegeros, no desde la sociología ni desde la antropología, no desde las cifras ni de las frases comunes que animan la retórica, sino desde el obrero de trocha, desde las lágrimas derramadas con cada muerte, desde la gente común, esa gente, kichwa, shuar, huaorani, montubios y colonos, que casi nunca pasan por las páginas de la historia oficial.

Petróleo, lanzas y sangre pasa a ser un título clave para quienquiera conocer la historia petrolera del Ecuador, como claves son los libros Crudo amazónico, de Judith Kimmerlin, o  El festín del petróleo, de Jaime Galarza.
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