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Con algo de suerte viajan como ricos

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Janet y Leonard Tallerine invitan frecuentemente a amigos y familiares a volar en su avión.
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Septiembre 07, 2008

Por GUY TREBAY

En los 60, cuando la gente viajaba con mayor frecuencia por carretera que por los aires, pedía la cola mostrando el pulgar en la vía de acceso a una autopista o al subir al viejo automóvil de algún amigo.

Con mucha frecuencia, para quien emprendía una aventura personal, el destino era lo de menos. Lo que contaba era el paseo.

Más tarde, los vuelos bajaron de precio, viajar de aventón se volvió peligroso y el romance de la carretera perdió fuerza.

Sin embargo, al tiempo que una especie de viajero de cola desapareció entre la leyenda, ha aparecido otra.

Esta no carga una mochila ni usa jeans rotos en las rodillas.

Con un suéter de casimir atado casualmente al cuello, se puede hallar al nuevo viajero de aventón en las salas de espera de sitios como el Aeropuerto Teterboro, en las afueras de Manhattan, Nueva Jersey, o en el Aeropuerto del Condado de Aspen/Pitkin, Colorado. No se referirá a sí mismo como viajero de cola, por supuesto. El viejo aforismo de que uno no se casa por dinero, sino que, más bien, se codea con los ricos y se casa por amor, tiene aplicaciones útiles cuando se trata de subirse a un vuelo en un jet privado. “No creo que la gente lo haga como algo friamente calculado”, afirma Marjorie Gubelmann Raein, socialité y heredera de una compañía de cajas registradoras, que admite haberse colado ocasionalmente en vuelos de Nueva York a Palm Beach, Florida.

“Hay un malentendido de que esto es un pasatiempo que tienen algunas personas de volar en aviones ajenos”.

De hecho, agregó Raein, por lo general, es simplemente cuestión de conveniencia amigable. “No es como si fueras un polizón”, aseveró. “Tienes que ir a algún lado y da la casualidad de que alguien tiene un avión”.

Resulta que las probabilidades de que éste sea el caso son mucho menores que incluso hace un año.

Una economía en declive y los aumentos en los precios del combustible han mermado seriamente el reciente auge en la aviación particular.

Sin embargo, aún existen señales de que los propietarios de aviones no tomarán vuelos comerciales en el futuro cercano.

“La gran tendencia es que la gente dé el salto a aviones jumbo para uso particular”, señaló Douglas D. Gollan, director de Elite Traveler, una lujosa publicación que se promueve como “la revista del estilo de vida de los dueños de jets privados”.

La gente que alguna vez viajó cómodamente a bordo de un avión Gulfstream G450, de 12 asientos, dijo Gollan, ahora le echa miradas codiciosas a un Boeing Business Jet, un avión 737 reconfigurado para darles cabida no a 150 pasajeros comerciales, sino a entre 18 y 25 ocupantes particulares.

Los aviones no sólo sirven como transporte ejecutivo, sino también como taxis para amigos y conocidos, y el perro de la familia.

Por ejemplo, Leonard Tallerine, productor independiente de gas y petróleo, y su esposa, Janet, rutinariamente invitan a amigos a sus frecuentes “brincos” entre sus casas en Houston; East Hampton, Nueva York; y Nueva Orleans. “Nuestra actitud es, ‘vamos a ir, hay lugar, así que, vengan”, explica Tallerine.

Dados los costos de volar, los cientos de miles de dólares en horas de vuelo, en combustible y en horas extra de la tripulación, cuotas por administración -y en casos de propiedad total, los al menos 40 millones de dólares requeridos para comprar un jet-, tiene sentido que los anfitriones esperen que sus invitados los mantengan entretenidos.

Sin embargo, los invitados aseguran que sus anfitriones “están felices de invitar a los amigos a compartir esa experiencia maravillosa”, indicó Dennis Basso, empresario neoyorquino de pieles finas, que acaba de volar a París en el avión privado de un amigo.

“Simplemente tratan de ayudarse entre sí”, dijo. “Así como usted o yo diríamos, ‘¿quieres compartir un taxi para darte la cola al otro lado de la ciudad?’, la gente que conozco dirá, ‘¿te puedo dar un aventón, o me puedo ir contigo el viernes?”.

La cola no es al otro extremo de la ciudad, sino a enclaves de los ricos, como de Palm Beach a Aspen, de Nueva York a Nantucket, o de East Hampton a Carmel, California.

“Es como hacerle un favor a un amigo, ¿sabes?”, expreso Basso. “Como, ‘oye, ¿tienes lugar para que vayan mi empleada doméstica y mi perro?’”.


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