El eslogan que retumba en la selva de Chapare sobre los estadounidenses es corto, pero impactante: “¡Viva la coca, muerte a los yanquis!”.
Por ello, cuando el presidente Evo Morales, de visita en la zona hace poco, alzó el puño y gritó esas palabras ante sus partidarios, la ironía de la situación no escapó a un sector de élite del Ejército boliviano que sobrevive gracias al apoyo de Estados Unidos.
“Dependemos de los estadounidenses para todo: nuestras bonificaciones, capacitación, vehículos, hasta nuestras botas”, expresó desde una base militar del centro del país el Teniente General José Germán Cuevas, comandante de una unidad de las fuerzas especiales bolivianas que persigue a traficantes de cocaína.
Morales, ex cultivador de coca, el ingrediente básico de la cocaína, es simultáneamente antagonista y socio activo de la política antidroga estadounidense en la región. Con frecuencia describe a Estados Unidos como su principal adversario y ha convertido el derecho a cultivar la hoja de coca en un símbolo destacado de soberanía y antiimperialismo.
Sin embargo, también ha refrenado el cultivo de coca a extremos inesperados y acepta alrededor de 30 millones de dólares de Estados Unidos cada año -casi todo su presupuesto antinarcóticos-, para luchar contra la cocaína.
Morales se ha mostrado vacilante a cortar todo vínculo con Estados Unidos, particularmente dado el hecho de que éste le proporciona a Bolivia alrededor de 100 millones de dólares anuales en ayuda al desarrollo, además de exentar de aranceles a las exportaciones textiles bolivianas, vitales para la economía del país andino.
Del lado estadounidense, los funcionarios alegan que un marcado incremento en el cultivo de coca podría redundar en más cocaína en Estados Unidos, aunque constituya un mercado insignificante para la cocaína boliviana.
Un motivo más profundo puede tener que ver con que el financiamiento antidroga les da una inhabitual influencia en el gobierno de Morales.
No obstante, esta cooperación es objeto de crecientes tensiones. Componentes radicales de la base política de Morales, cruciales para que éste ascendiera al poder, se muestran irritados por las políticas anticoca estadounidenses, especialmente en Chapare, de donde, en julio pasado, los cocaleros expulsaron a trabajadores humanitarios estadounidenses a raíz de alegatos de que conspiraban para derrocar al gobierno de Morales.
De acuerdo con los arqueólogos, ya se cultivaba coca en Los Andes antes del nacimiento de Jesucristo.
Si bien gran parte de Occidente asocia la planta con la cocaína, muchos bolivianos la mastican para mitigar el malestar provocado por la altitud, combatir la sensación de hambre o mantenerse alertas, un ritual tan cotidiano como el consumo de café en otros países.
Sin embargo, en una guerra antidroga repleta de contradicciones, Morales está teniendo un mejor desempeño de lo que los expertos en antinarcóticos temían cuando asumió el poder.
La producción de coca ha aumentado durante sus dos años de mandato, pero sin ser una explosión, al incrementarse 8%, en 2006, y 5%, en 2007, de acuerdo con la ONU.
Esa cifra coloca a Bolivia muy por detrás de Colombia, el principal productor mundial de coca.
Mientras que públicamente felicitan a Morales por impedir una explosión del cultivo, los funcionarios estadounidenses se muestran muy críticos en privado. “Pongámoslo así: esto va en la dirección equivocada”, expresó un funcionario estadounidense, de la Embajada de Estados Unidos en La Paz, acerca de la política antidroga de Morales.
Mientras tanto, en Chapare, las Fuerzas Especiales Antidrogas respaldadas por Estados Unidos hacen su labor. Cada día al amanecer, equipos de ocho hombres en ropa de camuflaje salen de una base militar local en flamantes vehículos deportivos utilitarios y recorren caminos de tierra que los llevan al corazón de la jungla.
Tras bajarse de sus camionetas, se abren camino a machetazos entre la maleza, con rifles M-16 en la mano, en la búsqueda de las pequeñas instalaciones móviles de trituración de coca que han llevado a la producción de cocaína boliviana a su nivel más alto en 10 años. Cuando encuentran una de ellas, le prenden fuego.
Tras hallar un laboratorio en un claro de la densa selva, el Teniente Freddy Sáenz, de 27 años de edad, indicó que trataba de no pensar en la ideología pro coca que se había convertido en elemento central de la presidencia de Evo Morales. “Sólo hacemos nuestro trabajo, que es tratar de destruir los laboratorios”, agregó Sáenz, mientras le caían gotas de sudor.