Se considera que los campos alrededor de este pequeño enclave agrícola son algunos de los más fértiles de la tierra. Pero como ocurrió con millones de hectáreas de tierras de este país, después de la caída de la Unión Soviética se volvieron literalmente estériles. Aunque es posible que eso esté cambiando.
Transcurrida una década desde que el capitalismo transformó la industria rusa, una revolución agrícola está removiendo al campo, sacudiendo la vida de los pueblos y arrasando con las granjas colectivas que resistieron esfuerzos reformistas anteriores y que continúan siendo la forma dominante de agricultura.
El cambio es impulsado por el alza global de los precios de los alimentos (el precio del trigo, solamente, aumentó 77% el año pasado) y una nueva reforma que permite que los extranjeros sean propietarios de tierras agrícolas. Ambos factores han creado una fiebre de la tierra en la Rusia rural.
“¿En qué otro lugar se puede tener semejante abundancia de tierra?” preguntó Samir Suleymanov, director del Banco Mundial para el área de Rusia.
Esto ha hecho que el negocio de comprar y reformar granjas colectivas sea de golpe muy rentable, razón por la cual atrae a gerentes de fondos de inversión, poderosos empresarios rusos, inversores suecos y hasta a un descendiente de la nobleza rusa blanca emigrada.
Los reformadores anteriores pensaban que las granjas colectivas al final acabarían subdividiéndose en propiedades agrícolas familiares.
Pero el nuevo modelo de negocios se basa en la creencia de que la larga y dolorosa historia de colectivización rusa está destinada a terminar en grandes granjas factorías empresariales.
Estas inversiones son también una apuesta en un país acostumbrado al control estatal de la actividad comercial. Algunos funcionarios barajaron la posibilidad de una absorción estatal de la industria agrícola con reminiscencias de la época soviética. Y el ministro de agricultura de Rusia, Aleksey Gordeyev, habla a menudo de los alimentos en términos de seguridad nacional. “A Rusia se la ve generalmente como una gran potencia militar”, dijo en una cumbre de alimentos en Roma al comienzo de su gestión. “Sin embargo, y quizá por encima y más allá de todo lo demás, Rusia es una gran potencia agraria.”
Rusia ocupa un nicho inusual en la cadena alimentaria global. Antes de la Revolución Rusa y la colectivización forzada de la agricultura bajo Stalin, era el país que más granos exportaba en el mundo.
En la actualidad, cerca del 7% de la tierra arable del planeta es propiedad del Estado ruso o de granjas colectivas, pero alrededor de la sexta parte de toda la tierra agrícola –unas 35 millones de hectáreas– está preparada pero sin sembrar. Comparativamente, toda Gran Bretaña tiene 6 millones de hectáreas de tierra cultivable.
Aun sin contar las franjas de tierra contaminadas por el desastre de Chernobyl o por la contaminación industrial, Rusia también tiene millones de hectáreas de tierra intacta y prístina que podría ser utilizada para agricultura.
Sin embargo, los rindes en Rusia son bajos. El grano ruso medio tiene un rinde de 1,85 tonelada por hectárea –comparado con 6,36 toneladas por hectárea en EE.UU. y 3 toneladas en Canadá. (Una hectárea equivale a 10.000 metros cuadrados).
Si Rusia pudiera recuperar su viejo título de líder en exportación de granos, aliviaría significativamente los mercados mundiales sometidos a una fuerte presión y haría bajar los precios, dijo Suleymanov.
También podría disminuir la desnutrición y el hambre. Más aún, una expansión de su capacidad agrícola podría aumentar su gravitación como potencia mundial, en la misma medida en que la eficiencia en petróleo y gas natural contribuyó a su resurgimiento en estos últimos años.
“Lo fantástico de esta tierra es lo inmensa que es”, dijo Kingsmill Bond, jefe analista de la agencia Troika Dialog de Moscú. Troika está siguiendo de cerca la transformación del campo ruso como oportunidad para las inversiones. “No hay algo así para comprar en otras parte del mundo”, dijo.
Para los analistas, las nuevas empresas dedicadas a reformar las granjas colectivas esperan poner enormes extensiones de tierra a producir –extensiones que pueden aprovechar las economías de escala.
El último intento de des-colectivización, del gobierno del presidente Boris Yeltsin, fracasó en parte porque las granjas colectivas degeneraron en posesiones pequeñas. Quienes dieron el salto para convertirse en productores privados fallaron. Los restantes continuaron en las granjas colectivas.
Algunos expertos en comercio y agricultura consideran que subsiste el peligro de que un país como Rusia, que custodia celosamente sus recursos naturales, un día pueda renacionalizar las granjas y formar un cartel que controle a los propietarios de tierras. Obviamente, ese miedo no es el que prima en las mentes de los inversionistas. En los dos últimos años, según Troika, los precios de las tierras se han duplicado.
El precio medio por hectárea era de US$ 570 en 2006 y ahora es de US$ 1.000, dijo Bond.
Uno de los primeros en ver el valor que tenía el campo ruso fue el inversionista Michel Orloff, ex director de la oficina del Carlyle Group en Moscú y vástago de una familia rusa blanca noble. Lo inspiró, dijo, una visita a Argentina en 2004. Vio a grandes terratenientes obteniendo ganancias sin subsidios estatales, y pensó un modelo similar para Rusia capaz de volver a las propiedades de su historia familiar, sólo que lubricadas por las finanzas modernas.
“En Moscú, dijeron que estaba loco por meterme en la agricultura”, recordó Orloff en una visita a una de sus granjas industriales en las afueras de Podlesny (en su momento, la granja colectiva El Amanecer del Comunismo). “Ahora nos envidian”.
Su modelo se basó en la idea de que las granjas colectivas no debían dividirse en lotes pequeños sino consolidarse en granjas factorías más grandes, con economías de escala. A las nuevas granjas factorías las llama “conglomerados”.
Usando tractores John Deere y agrónomos formados en Occidente, casi duplicó los rindes.
El año pasado, Black Earth Farming produjo 3,3 toneladas de trigo por hectárea y la empresa dice que este año se encamina a cosechar 4,4 toneladas por hectárea. Claro que esto es Rusia. Y si bien se están acumulando inversores, sus inversiones siguen siendo pequeñas en relación a la dimensión del enorme sector agrícola. Black Earth, Razgulai y Cherkizovo son grandes sociedades anónimas que compran y reforman granjas colectivas.
Muchos empresarios rusos y las elites regionales también han comprado tierras, pero sus posesiones no cotizan en la bolsa. Si bien algunos occidentales han invertido en las empresas, los negocios son todos locales; requieren una conexión rusa, como la mayoría de las inversiones en materias primas en ese país.
Ese requisito, así como la posibilidad de que Rusia pueda transformarse en un proveedor más importante de alimentos, da qué pensar a algunos europeos. Les preocupa la nueva determinación manifestada por Rusia a nivel diplomático y militar.
“Vemos un número cada vez mayor de empresarios que vienen con planes de negocios tratando de convertir esta tierra”, dijo Bond. “Algunos tendrán éxito, pero la mayoría no podrá hacer nada”.
Este año, alrededor del 14% de la tierra cultivable de Rusia tuvo una mayor consolidación, según un análisis de Vedemosti, el diario de negocios. Para Orloff: “En 10 ó 15 años, Rusia será líder en la agricultura mundial, nada más que por su volumen”.