Cuando los tanques soviéticos entraron en Praga en 1968, nadie preguntó qué repercusiones tendría para la bolsa soviética. No tuvo ninguna.
Las cosas son diferentes hoy en día: el mercado ruso ha caído en picada desde la pequeña guerra del país contra Georgia. Éste es un ejemplo de lo interconectados que estamos.
La Rusia poscomunista se ha enriquecido con todo lo que se puede sacar del suelo, excavando o bombeando, pero aún necesita la inversión extranjera directa para desarrollar un sector industrial y de servicios. También necesita el sistema de derecho para convertirse en un Estado moderno.
Los muros han caído y no van a volver a levantarse, y ésta es la razón por la que toda esa palabrería sobre una nueva guerra fría está infundada.
Pero el mundo unipolar dominado por Estados Unidos que siguió a la Guerra Fría también está muerto. El auge de China, India y ahora Rusia ha acabado con ese embriagador nanosegundo de supremacía estadounidense. Lo que está menos claro es el significado del auge de estos nuevos poderes en el aspecto ideológico.
Vladimir Putin y Dmitri Medvédev, el dúo gobernante de Rusia, han dedicado innumerables palabras a atacar a Estados Unidos y a la OTAN. Hasta lo de Georgia, insistían en que el sistema de derecho y la ONU eran los únicos que podían autorizar “legítimamente” el uso de la fuerza.
Más allá del claro mensaje de que Rusia ha vuelto, es difícil discernir qué defiende Moscú, si es que defiende algo.
Con India hay una dificultad similar. Como la mayor democracia del mundo, podría ocupar, con Japón, la vanguardia asiática del fomento de la democracia, al lado de Estados Unidos. Pero a diferencia de los estadounidenses, los indios no contemplan la democracia como un ideal. La democracia es lo que ellos tienen, más que lo que tienen el deber de fomentar. Les parece bien, pero no la consideran inherentemente superior a otras formas de organizar la sociedad.
China sí que tiene una palabra de moda para el resto del mundo: armonía. En líneas generales, significa valorar la paz, el desarrollo y el comercio sin “condiciones”, refiriéndose a preocupaciones estadounidenses como la democracia y la libertad. En la práctica, significa hacer negocios en lugares como Sudán y darle valor a la estabilidad a medida que el país crece.
A veces intento imaginar un mundo en el que el “cuarteto” que intenta solucionar el conflicto entre Israel y Palestina estuviese formado por China, India, Estados Unidos y Rusia. ¿Qué aportaría Asia a la gesta? Esta región ha hecho gala de una capacidad extraordinaria para subsumir los conflictos pasados en las necesidades actuales, y como muestra de ello recuerden cómo los vietnamitas se echaron a los brazos de Estados Unidos. Eso es lo que necesita Oriente Próximo. Pero a pesar de ello, en Nueva Delhi apenas hay una fundación que se dedica a estudiar el problema.
Estados Unidos sigue siendo el país con más inquietud ideológica del mundo. Resulta curioso que, en un momento en el que sus ideales destán en entredicho, haya surgido un político, Barack Obama, que presenta una imagen transformada del país. Es el hombre de todas partes y de ninguna: de ahí la fascinación que provoca.
Sospecho que ese interés está ligado a la sensación de que Obama podría elaborar un nuevo marco ideológico para un mundo agitado cuyas potencias en ciernes se muestran más enérgicas a la hora de expresar lo que no les gusta que a la de contar lo que hacen.