Con el alza de los precios de los alimentos, la agricultura es vista como un gran negocio. En Rusia, los inversores compran antiguas granjas colectivas controladas por el Estado. Y en Estados Unidos, los ciudadanos adquieren acciones de establecimientos agropecuarios, no para ganar dinero sino para asegurarse de que sus productos orgánicos no falten en la mesa.
El dinero, según el dicho, no hace la felicidad, pero sí ayuda a ahuyentar la tristeza. En este momento, el hecho de no tenerlo en cantidad suficiente explica gran parte del mal humor que se desparrama por el mundo.
Ahora que la economía global flaquea –abrumada por la crisis de las hipotecas en Estados Unidos y Europa, la inflación en Asia, y los altos precios de las materias primas en el resto– la gente tiene menos dinero, pero el sentimiento apocalíptico parece ir más allá de las simples preocupaciones económicas. China e India que han sido los motores de riqueza se están frenando.
La tasa de crecimiento china caerá de 11% a alrededor de 9%, según los economistas, un crecimiento vertiginoso en todas partes, pero no suficiente para que China pueda absorber a los millones de trabajadores que se trasladan a las ciudades en la búsqueda de trabajo.
En India, lo que está ensombreciendo el ánimo es una inflación de dos dígitos, causada mayormente por los fuertes aumentos en los precios de los alimentos y el combustible.
De pronto, todos extrañan los buenos viejos tiempos. En Vietnam, igual que en India, la inflación está generando incomodidad y afectando los espíritus, en forma literal como figurada. El alza de los precios está frustrando a los vietnamitas, que hasta ahora sólo habían visto el lado bueno de los ciclos del mercado, escribió hace poco Seth Mydans de The New York Times.
Para Kim N. B. Ninh, representante de la Fundación Asia en Vietnam, el ánimo está tenso. “La gente es pesimista”, le dijo a Mydans. “Se percibe un ambiente más hostil.”
Steve Erlanger de la oficina de The New York Times en París informó que los franceses también están de mal humor. A pesar de que esta época, llamada rentrée, es la temporada de lanzamientos de películas, óperas, obras teatrales y libros, pocos parecen esperarlos ansiosamente. “Los franceses están deprimidos”, le dijo Alix Girod de l’Ain, columnista de la revista Elle.
En Italia, el malessere, o malestar, lleva meses. Un artículo de finales del año pasado de Ian Fisher desde Roma hablaba de “una depresión colectiva, económica, social y política”. Las encuestas mostraban que los italianos eran los individuos menos felices de Europa. “Es un país que perdió parte de su voluntad para el futuro”, dijo Walter Veltroni, el alcalde romano de centroizquierda: “Hay más miedo que esperanza.”
“Esperanza” y “cambio” son dos de los mensajes que sustentan el éxito del senador Barack Obama hasta ahora en la campaña presidencial de Estados Unidos. En consonancia con el sentimiento mundial de desasosiego, casi 80% de los estadounidenses responde a los encuestadores que Estados Unidos “va en la dirección equivocada”.
“Hay una cosa que Obama entendió bien”, le dijo James Stanford, empleado siderúrgico retirado de Pennsylvania a Michael Powell en un artículo reciente: “Estamos amargados.” Stanford, que vio desaparecer su jubilación, se refería a la descripción que hizo Obama de los estadounidenses rurales que se aferran a sus armas y su religión por amargura.
Nadie quiere ser pesimista, sentirse deprimido, sufrir de malestar ni terminar amargado, o sea que el cambio suena atractivo. Y en definitiva, es inevitable. Pero apurarlo no es tan simple.
Como le dijo Beppe Severnigni, columnista del Corriere della Sera a Fisher: “El malestar es como decir: ‘Veo todo claramente. Pero no puedo hacer nada para cambiarlo”.