viernes 05 de septiembre del 2008 Columnistas

La revolución desde afuera

Con frecuencia los ecuatorianos nos involucramos en la apasionante y tormentosa vida política nacional. Muchos seguimos muy de cerca los culebrones que se forman en la política ecuatoriana al punto de volverse casi un tema seguro de conversación en las reuniones de trabajo, sociales e incluso familiares.

Por ello, reconozco que debo hacer un gran esfuerzo todas las semanas cuando me siento a redactar los artículos de opinión para esta columna, para intentar apreciar con algo de objetividad los sucesos que ocurren en torno a los actores políticos y los gobiernos y procurar una opinión al margen de las pasiones que despiertan las actitudes y los comportamientos de estos.

Los ecuatorianos nos hemos acostumbrado a situaciones que no son normales en la gran mayoría de naciones con democracias estables y desarrolladas. Como por ejemplo, la facilidad con  que se destituyen presidentes de la república, cortes supremas o al Congreso Nacional.

O la improvisación y falta de preparación de los funcionarios públicos, nombrados por el solo hecho de ser afines al gobernante, ahora incluso, sin importar que tengan demandas contra el Estado o incumplan con requisitos legales para el desempeño de tales funciones o el irrespeto de los contratos por parte del Estado. Estos son solo unos cuantos ejemplos de lo que no es correcto y no es normal en el mundo normal pero común y corriente en nuestro “paisito”.

A raíz del triunfo de la revolución ciudadana en las urnas, los ecuatorianos nos hemos politizado aún más. Ahora, muchos que antes vivían al margen de la discusión política, gracias a la permanente y pública confrontación del Presidente y su equipo, con quien se le ponga al frente, ya discuten y toman una posición a favor o en contra.

Unos, todavía hipnotizados por la demagogia de las mentes brillantes y otros desencantados al revisar sus bolsillos, a diario ya discuten, confrontan, discrepan.

Nuestra sociedad se ha vuelto ahora una sociedad más dividida y enfrentada que antes.

En los buses, en los mercados, en las tiendas, los ecuatorianos ya se enfrentan. El uno le dice al otro: pelucón, ya se les acaba la fiesta. Y el otro le dice: idiota, no te das cuenta a dónde nos están llevando. Esa es la semilla de la discordia que se ha sembrado en nuestra otrora isla de paz; la misma semilla que tiene a la deriva a la sociedad venezolana.

Hago esta reflexión a propósito de revisar el trabajo elaborado por la doctora Flavia Freidenberg, del Instituto de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca, titulado ‘¿Renovación o Continuismo? Actitudes, valores y trayectoria de la clase política ecuatoriana’.

En el mismo se hace un análisis comparativo a base de estadísticas producto de entrevistas a congresistas (hasta el 2007) y asambleístas (2008), respecto de las actitudes y visiones de estos actores políticos respecto de la estabilidad democrática, la administración de justicia, el presidencialismo, entre otras interesantes materias.

Y busca determinar si en realidad se ha producido una renovación de la clase política ecuatoriana o si solamente han cambiado los actores, los detentadores del poder.

Las conclusiones, obviamente no parecen alentadoras; las actitudes de los nuevos políticos no difieren mucho de las de sus antecesores.
¿Y cómo van a diferir si su máximo líder parecería ser una buena mezcla de León y Abdalá?

Así nos ven desde afuera, con cifras, con hechos objetivos, como debe ser. Para que no se diga que son los hijos de la partidocracia o las bestias salvajes que respiran por la herida.
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