Ya no solemos comentar a los autores de antes. La ideología del mercado busca reducirnos el cerebro con las bambalinas de la moda y los escaparates luminosos, pero lo cierto es que un acercamiento a los escritores que han perdurado ocasiona remezones que cargan de sentido a lo que hacemos, sentimos y pensamos: es el descubrimiento de un tesoro de lenguaje que, milagrosamente cuando es leído, sigue resonando y entregando frases certeras que nos trastocan el curso de las creencias y el derrotero de la vida, pues hay pensamientos que salvan o condenan. Leer acalla el ruido exterior, ese chillido fuera de control que proviene de la plaza, la política y el trabajo y que lesiona los tímpanos. En el espacio público falta el silencio de serenidad que la literatura provee.
Me ha sorprendido Albert Camus en El mito de Sísifo, de 1942. ¿Cuánto ha cambiado, desde entonces, nuestro mundo? Mucho, poco y nada. No sé si a Camus, que aún nos interpela, haya que etiquetarlo de autor actual; tal vez ocurre que los problemas en que nos metemos son los mismos de antes, de siempre, y las letras revelan con contundencia el drama de la repetición que nos estructura. Obvio que somos otros, pero una ojeada a los titulares de la prensa o la televisión y la constatación de cómo nos va en el empleo o en la casa nos muestra que nos obstinamos en no aprender ni asimilar nada. Camus escribe: “Comenzar a pensar es estar minado”, y descubro que, en la contienda electoral en este país del Sí y el No, hay escasa entereza para cuestionar la validez de las propias convicciones.
Trato de sopesar los argumentos del Gobierno y de la oposición y percibo que hay algo recurrente que ya hemos experimentado. Camus lo explica: “El gusano se encuentra en el corazón del hombre”; y sugiere: “Los hombres también segregan inhumanidad”, lo que aclara por qué la estrategia final de nuestros políticos es expulsar del orbe al oponente. “Un hombre es siempre presa de sus verdades”, asevera el literato francés, e imagino las ataduras que pueden hallarse interiormente en los funcionarios que asumen grandes tareas de conducción. “No existe pasión sin lucha” justifica aquella suerte de guerra social de la cual no hay escapatoria porque nos arrincona en un bando u otro. Y produce un cimbrón mental saber que “un hombre lo es más por las cosas que calla que por las que dice”.
¿Por qué y para qué estamos haciendo lo que hacemos? ¿Cómo se entrega a los hijos un legado pulcro y necesario? ¿Qué tipo de vida existe más allá del fragor político? ¿Cuál es la valía de lo que conquistamos en contienda y destrucción? ¿El premio del poder económico y político es la gloria? Camus nos ayuda, consuela y desafía: “Pero todas las glorias son efímeras. Vistas desde Sirio, las obras de Goethe se habrán convertido en polvo y su nombre estará olvidado dentro de diez mil años”. Por su magnitud aparente, Sirio es la estrella más brillante del firmamento, pero para nuestra vista es un puntito diminuto. Y nosotros –con nuestros planes, certezas, sueños, rencillas, proyectos, fortunas, grandezas y miserias–, mirados desde allá, en realidad tampoco somos nada.