En la iglesia de Los Ceibos la Orquesta Sinfónica de Guayaquil rindió su homenaje a Evelina Cucalón Larrea, quien durante trece años canalizó el rumbo de la entidad. Ella sentía un afán especial por impulsar la carrera de los jóvenes talentos.
Su obra en este sentido fue perennizada por la labor actual de Juan Castro y Velázquez, Reynaldo Cañizares, también en tiempo pasado por Nicolás Romero. Andrea Vela tenía 23 primaveras cuando Evelina la invitó a dirigir la orquesta porteña.
Diez años después, Andrea se hallaba frente al pupitre con obras vitales, brillantes: la Obertura al aire libre, con toques de fanfarria, que Aarón Copland dedicó a la Banda Sinfónica de Buenos Aires, el Concierto para clarinete y orquesta de Carlos Nielsen.
El principal compositor de Dinamarca, fallecido en 1931, alcanza allí un impresionante modernismo. Se nota, por ejemplo, atrevimiento armónico que también logrará Copland en su concierto para clarinete dedicado a Benny Goodman, de parecida dificultad para el solista.
Danny Gallegos tuvo que sortear intervalos vertiginosos en torbellinos de digitación logrando una especie de diálogo agresivo con el tambor. Recordé el entusiasmo contagioso de Mozart al descubrir el nuevo instrumento, las prestaciones del jazzman Benny Goodman interpretando no solo a Mozart sino obras compuestas para él por Hindemith, Bela Bartok. La música no tiene fronteras.
Vela cuyo perfil, aquella noche pareció surgir de un retrato hecho por Ingres o Delacroix, fue ovacionada. Resultó emocionante ver a aquella joven de frágil silueta crecer frente a la orquesta. Dibuja la música con sus movimientos corporales, la destila con su mirada. Es a la vez enérgica, precisa, sutil, dinámica.
Sabía que provocaría el entusiasmo del público al integrar al programa Un americano en París, de Gershwin, donde el trombón, el clarinete, el violín solista desgranan la insólita nostalgia, la trompeta se deja seducir por el blues. El paroxismo final exalta la melodía central con brillante orquestación. Tenemos en Andrea a una gran promesa, ya comprobada en el ámbito internacional. Ella sabe que la dirección orquestal no es solamente técnica sino forma de sentir la vida y de compartirla para transmitir emoción con elegancia y pulcritud.
Dos días antes, en la Sociedad Italiana Garibaldi cuyo salón principal se llenó totalmente, otro homenaje se había brindado a Evelina. Cuatro coros, el violinista John Pepper en la Habanera de Sarasate, Héctor Lopezdomínguez en la Sonata Appassionata de Beethoven ejecutada con suma energía, Juan Carlos Escudero con la difícil misión de interpretar Cuadros de una exposición (Musorgsky), obra que tenemos todos en la mente vestida por Ravel para que la transfigure la orquesta.
Mangfred Mora Celi, perfeccionando su interpretación en la tercera sonata de Chopin de complicada digitación, nos obsequió además el Andante spianato y gran polonesa del mismo compositor polaco. Nos impresionó la lúcida actuación del barítono Carlos Bolaños cantando Verdi (Don Carlos) con potencia vocal, sensibilidad, excelente vibrato. Fue una velada intensa. Mientras llenaba el salón la música de los grandes maestros, fotografías de la homenajeada nos permitían recordarla y de cierto modo hacerla revivir.
Evelina Cucalón puede sentirse a la vez querida y comprendida. Sus semillas de entusiasmo han germinado. Ha dejado una huella importante. Sabemos que asumió su cargo con modestia, evitando incluso aparecer en los medios. Jamás cobró sueldo alguno por su trabajo, simplemente puso su capacidad ejecutiva al servicio de la música, respaldó la formación de una orquesta en El Guasmo pues siempre pensó que la música clásica no debía en ningún momento volverse elitista.