Edición del VIERNES 1 de Agosto del 2008
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Claudia Serrano
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claudiaserrano@fibertel.com.ar | Claudia Serrano desde Buenos Aires

Nuestra pareja, maravilloso marido, dulce y  enamorado… ese ser que amamos con todas nuestras fuerzas y que también más de una vez queremos degollar.

Una se enamora al principio por todas las razones equivocadas de nuestro querido galán. Creemos y aseguramos convencidas que nos atraen sus maravillosas cualidades, por A, por B, por C y por Z; pero es tal el concierto y la danza ensordecedora que arman nuestras hormonas cuando nos gusta alguien y viceversa que es verdaderamente imposible conocer realmente al fulano que nos quita el sueño, el hambre y todas las demás facultades humanas. Acá en Argentina no por nada se dice “novio” en vez de enamorado, que significa: ¡no-vio, no-vemos! Las palabras hablan por sí solas. Realmente es así, vislumbramos solo un ápice de nuestro adorado iceberg, amo y señor de todas nuestras desavenencias emocionales. Solamente con el transcurrir del tiempo podremos conocerlo verdaderamente como es y no como creemos, o mejor dicho, queremos que sea.

Qué sabia que es la naturaleza. Toma su tiempo hasta que nos permite ver las cosas como son y en el trayecto nos envuelve en los siete velos del misterio químico del enamoramiento. Es ahí cuando descubrimos al pretendiente, al hombre, al macho, al niño  en toda su humanidad… con todo su bagaje y todos sus defectos. Y ahí también nos enamoramos nuevamente, pero esta vez del hombre real.

Yo siempre tuve una clarísima idea de cómo quería las cosas, no hablo de gustos o preferencias triviales, como la comida, estilo de ropa o color favorito; me refiero a ideas de cómo deseamos que sea nuestra vida, la amorosa, la profesional, los lazos importantes alrededor nuestro… hasta que de repente te das cuenta de que tu pareja no cumple algunos requisitos que en ese momento crees que son fundamentales y estás dispuesta a dar la vida por ellos.  Además, te das cuenta de que las cosas no salen como querías que salieran. Sin embargo, estás ultrafeliz. Te sientes viva, creciendo al galope, en conexión con el otro, contigo mismo y en el fondo le agradeces que te ayude a cambiar aquellos moldes un poco fijos y muy arcaicos. La genialidad en todo esto  es que probando esas otras opciones, aprendiendo a ser un poco más flexible --“como el bambú”, dirían los chinos– te das cuenta de que esa modificación te da una deliciosa libertad intelectual y, sobre todo, personal, te llama a vivir el presente y sacudirte las teorías del pasado que llevamos impregnadas desde que nacimos.

El otro, nuestra pareja, es además de nuestro compañero, nuestra dupla, amigo, amante, padre, a veces hijo, es sobre todo nuestro espejo, en él o ella vemos, reflejamos y vociferamos todas nuestras debilidades y neurosis. Se los recomiendo, tomen otros caminos, no se dejen ganar por el miedo… aunque al principio sientan que se paralizan y lo único que hacen es aferrarse como locas a su torre de cristal de Swarovsky.

A probar se ha dicho, que la vida es corta y demasiado bella para dejarla pasar y no ser cada uno protagonista.


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