Calcomanía en el auto de un joven: “Yo soy aquel tipo acerca del cual tu madre te previno”; seguramente le va bien con las chicas. Como la advertencia de su mamá a Caperucita respecto al lobo. O la canción de Serrat: “Yo soy aquel por quien llora su hija, señora”. Desde la historia de Adán y Eva, la prevención admonitoria contra la seducción del mal habitualmente ha tenido un efecto contrario. El canalla encantador siempre hará más levantes que Bob Esponja.
La derecha ecuatoriana está conminada a cuestionar sus prácticas y su discurso. Acorazada en una prédica monotemática, se ha contentado con proferir advertencias respecto al autoritarismo de Rafael Correa y al futuro siniestro que nos espera, en caso de que gane el proyecto de la nueva Constitución. Este sector adverso a las pretensiones gobiernistas no ha esbozado ninguna propuesta alternativa que al país le interese. En estas condiciones, las aprensiones de la oposición ultraderechista (porque hay otras), aunque estuvieran bien fundadas, son tan ineficaces como pánico histérico de mamá de quinceañera, si constituyen su solo argumento.
Que el Presidente sea omnipotente, insultador y autoritario, hasta sus colaboradores lo admiten sotto voce (especialmente ellos), pero eso a nadie importa mucho; los amos siempre estarán de moda porque es más cómodo tener uno al que obedecer o de quien quejarse que asumir la propia vocación servil. Que el proyecto constitucional contiene variadas inconsistencias, lo han señalado analistas calificados; pero eso no interesa, porque para el grueso del público este referéndum no es acerca de constituciones. Que hay una intención de dotar al mandatario de larga vida y superpoderes, es tan secreto como el hecho de que Clark Kent es Supermán. En síntesis, ya no hay gloria en atinarle a un blanco tan grande y sobre todo tan expuesto. Lo que se requiere hoy es aquello que no existe: una oposición como se debe, con propuestas y con argumentos que nos pongan a todos a pensar. Para mantener alguna posibilidad de democracia e irónicamente para ayudar al éxito de la gestión de este Gobierno, atemperando su vértigo maniaco.
Atacar al presidente Correa es contraproducente. Tiene una habilidad personal y recursos estatales para golear de contragolpe, aprovechando la embestida del adversario para derribarlo: menos sutil pero más eficaz que el aikido. Picardía de barrio, pedagogía condescendiente y talante guasón para manejar cualquier auditorio, incluso si su inconsciente lo traiciona.
Tenacidad para repetirse a sí mismo cada sábado, sin mucho desgaste… todavía. Y si algo no funciona, para eso hay escolta. Dones más rentables en nuestra cultura política que la atildada politología científica de un Osvaldo Hurtado.
El Sí ya se las arregló para jugar de local en todo el país, con tres delanteros goleadores. Uno: las ilusiones que el sustancioso texto despierta en muchos. Dos: la fascinación enamorada que el Presidente suscita en el resto. Tres: la gestión permanente de la ultraderecha ecuatoriana para sostener los beneficios de inequidades obscenas y vacías de propuesta, fermento de justicia vindicativa. Así cualquiera gana. Reflexiones para quienes crean que oponerse a Rafael Correa es limitarse a repetir que él es “aquel que cada noche te persigue”, desde que enciendes la TV.