lunes 01 de septiembre del 2008 Columnistas

Penosa obligación

Me gustaría escribir siempre sobre literatura, sobre arte, sobre la naturaleza. Las cosas que me emocionan son los toros, el vino y los pájaros. Quisiera compartir con ustedes las conversaciones que tengo con Nausícaa, Darley y Guillermo. Los temas que nos interesan son el cine, la historia y la cocina. Lindo, ¿no? Desgraciadamente no es posible.

Para que estas, las cosas realmente importantes, interesen es necesario que la política no acapare la atención del país y se reduzca al bajo perfil que le corresponde. La política debería ser aburrida, monótona y predecible. Los mandatarios no deberían andar por todo el país cantando y bailando, vociferando e insultando, sino que deben dedicarse a cumplir sus obligaciones con eficacia y pulcritud. No se debería intentar cada dos años refundar la república, sino perseverar en sus instituciones, haciendo despaciosamente los cambios indispensables.

La garantía de que presidentes, legisladores y jueces hacen bien su trabajo debe ser que nadie los tome en cuenta, como a los buenos árbitros de fútbol, como a los gerentes de las empresas eficientes. Debo confesar que en este momento no me acuerdo cómo se llaman los primeros ministros de Nueva Zelanda y Luxemburgo, ni los presidentes de Irlanda e Islandia. ¡Claro, son los países que funcionan bien! En cambio, todos saben en dónde gobiernan Robert Mugabe, Kim Jon Il y Hugo Chávez. Son los estados que no funcionan y sus gobernantes están siempre en primeras páginas por sus arbitrariedades y desatinos.

Sé que es iluso pedir eso en un país donde tenemos una fuerte tendencia a preferir a las personas verbosas, impositivas y voluntaristas. Nos cansamos de la continuidad y pedimos “cambios” pasando un día. Revisen la historia, si algo no ha faltado en este país han sido “cambios”. Jamás atribuimos los problemas a nuestra falta de constancia y tesón, sino que culpamos a las instituciones y leyes, a las que siempre pretendemos reformar queriendo creer que la calentura está en el bordado de la colcha.

Maravilloso país sería uno en el que en las páginas interiores de los periódicos y en letra pequeña se informara, por ejemplo, que el parlamento aprobó el informe anual del presidente, mientras que los grandes titulares se reservan para los eventos culturales, deportivos y científicos. Uno en el que el presidente hable por los medios de comunicación una vez al año y eso para saludar al pueblo por Navidad.

Pero porque no son así las cosas, en lugar de escribir sobre cosas bonitas, los periodistas y columnistas tienen la penosa obligación de ocuparse de camorras, de vivezas y caprichos de gobernantes y políticos. Y hay que estar atentos, porque de lo contrario estos hacen maravillas. Se me dirá que soy un aburguesado, que el vino, los espectáculos y el arte no son cosas a las que tienen acceso las mayorías de este país pobre. Justamente no tienen acceso porque quienes están llamados a administrar eficientemente, se dedican a “hacer política” en el mal sentido de esta expresión: discursear, maniobrar, engatusar, pactar, etcétera.

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