Medalla de oro en la Olimpiada de Atlanta, de plata en la de Beijing, medalla de oro en los mundiales de Atletismo de Osaka, París y Helsinki, amén de muchas otras, Jefferson Pérez anunció este viernes su retiro del atletismo. Puso fin así a su carrera, el que ha sido para orgullo de todos, el mejor deportista ecuatoriano de todos los tiempos y uno de los mejores de América Latina.
Lo que llama la atención en él, es su convencimiento del papel del individuo en lograr grandes hazañas. No es que desprecie lo que haga el Estado, por el contrario, es exigente en demandar mayor inversión pública en el deporte, pero finalmente es la búsqueda de la excelencia personal la que en última instancia permite el éxito. Hay en él una filosofía de la responsabilidad individual. De hecho a su regreso al país expresó, refiriéndose al referéndum, que la responsabilidad por el voto no termina cuando uno lo emite, recién allí comienza. Dijo textualmente: “No creamos que delegaremos la responsabilidad para que las autoridades hagan los cambios en la nación, eso no es posible”.
Ese liderazgo que pregona nuestra responsabilidad como individuos es uno que hace falta en el país. Es la idea de que como sujetos individuales y únicos tenemos, tal como lo mencionó el notable sociólogo francés Alain Touraine, la posibilidad de crearnos una historia personal y que podamos dar sentido al conjunto de experiencias individuales. Es la capacidad de cada uno de rebelarnos contra el poder, tanto de la tradición, que impide nuestro progreso, como del poder político autoritario y del gran poder económico. Eso significa no reducir la noción de individuo al de consumidor, ni al de miembro de una comunidad o de una categoría social, sino el de vernos como sujeto con capacidad de acción y de construcción de nuestra propia historia. Es aceptar que como individuos y sujetos, no podemos encasillarnos en identidades socioculturales fijas y que por el contrario, somos resultado de múltiples determinaciones e identidades. Como dice el mismo Touraine, es el reconocimiento del otro como sujeto diferente y único, el que permite construir en última instancia la democracia.
Esa idea de sujeto es necesaria en todos los ámbitos, en el hogar como pareja o como padres, en el trabajo como empleados o empresarios, en nuestras relaciones interpersonales como amigos, en los espacios públicos como usuarios, en nuestras relaciones con la naturaleza como consumidores materiales e inmateriales. En cada campo podemos construir nuestra historia y asumir nuestra responsabilidad y quizás llegar a la excelencia. Es la que permite construir un proceso de cambio desde abajo, desde las personas.
Predomina en el país por el contrario, un tipo de liderazgo, que no solo tiene respuesta a todo, según nos recordó hace poco el Pájaro Febres Cordero en este mismo periódico, sino que se encarga de proveernos de todo. Es la idea fundamental del líder paternal y jerárquico, que sustituye nuestra responsabilidad como personas, por una de delegación hacia el líder. Es la idea de que quien hace la historia es el conductor.
Cuando leo el proyecto de nueva Constitución, me queda la impresión de que ese tipo de responsabilidad pública puede quedar consagrada. El proyecto es rico en los nuevos derechos de las y los ecuatorianos: consagra 72 artículos a ellos, organizados en 8 capítulos y ello está muy bien. Sin embargo, apenas un artículo, el 83, que incluye 17 incisos, se dedica a los deberes y responsabilidades.