Cuando el viajero se acerca a la ciudad de Hamburgo, al norte de Alemania, inmediatamente se da cuenta de la riqueza y del poder económico que hay en esta localidad. No en vano posee una de las rentas per cápita más altas de su país y de Europa.
Simplemente con pasear unas horas por esta capital advertiremos que gran parte de este potencial proviene de su gigantesco y dinámico puerto. ¡Qué sería de Hamburgo sin su puerto! Desde luego, otra ciudad totalmente diferente. Es el segundo en importancia de Europa.
Una de las cosas que más asombrará al visitante es la capacidad del pueblo alemán de resurgir de sus cenizas. Basta simplemente viajar por este país para darse cuenta de que, debido a los bombardeos que sufrieron muchas de sus grandes ciudades, se tuvo que realizar una ingente labor de reconstrucción, creándose una especie de amalgama arquitectónica entre los edificios que se salvaron o pudieron restaurarse, manteniendo los planos y detalles de su originaria edificación, y las construcciones nuevas que se elevaron sobre antiguas ruinas.
En Hamburgo es especialmente llamativa esta circunstancia. Si hay una fecha negra en la historia de esta ciudad es, sin duda, finales de julio y principios de agosto de 1943, por los arrasadores bombardeos de la conocida como operación Gomorra. Las consecuencias son apreciables aun en la actualidad, con la creación de barrios nuevos y la desaparición de otros entonces existentes. No resulta extraño encontrar algunos edificios en los que una placa conmemorativa nos recuerda el año (1943) de su destrucción y la fecha de su reconstrucción.
A día de hoy, la característica más apreciable de Hamburgo es su vitalidad. Esta ciudad es imán de los amantes de la música, bulliciosa, activa, reclamo para jóvenes alemanes y de países vecinos, bulle, hierve de actividad, de conciertos, de representaciones, de música y de deporte. Y no es para menos, porque tiene grandes reclamos de muy diversa índole que la hacen, desde luego, atrayente.
Mi gran experiencia en este viaje fue, con seguridad, estar presente en la famosa parada naval que anualmente, según me comentaron, se celebra en el mes de mayo. Cientos de miles de personas (y no exagero) se reúnen a lo largo del puerto para disfrutar de la presencia de multitud de navíos. ¿Se imagina el lector ver grandes veleros de todas partes del mundo, transatlánticos, barcos de guerra de diferentes armadas, yates, buques cisterna y todo tipo de embarcaciones de recreo? Esto es posible en Hamburgo.
Había dicho que esta metrópoli fue para mí sinónimo de sorpresa y, como no podía ser de otra forma, en este caso la novedad iba a ser culinaria. Me informaron que había una gran cantidad de inmigrantes portugueses, cerca de ocho mil. Cuando uno pasea junto al puerto se da cuenta de esta realidad: multitud de banderas lusas y muchos restaurantes a los que calificaría como “ibéricos” (con un menú que, junto a tradicionales platos portugueses, entremezcla alguno que otro de origen español) ¿Quién me iba a decir que me encontraba en Hamburgo cenando en un restaurante portugués una exquisita paella, unas no menos buenas lulas (ciertos mariscos como chipirones o calamares) del Algarve y todo ello acompañado de una buena cerveza alemana? La verdad es que ese curioso triángulo de nacionalidades me resultó, desde el principio, sorprendente por lo inesperado.
Sé que podía hablar de algunos lugares emblemáticos como la iglesia de San Miguel (donde, por cierto, desde lo alto de su torre, a la que se llega por un ascensor, se obtienen algunas de las mejores vistas de la localidad), los canales, la plaza del Ayuntamiento, la ciudad de los almacenes o el barrio de St. Pauli (mezcla que incluye un ambiente único, restaurantes, toques de barrio rojo holandés).
Todos estos son indiscutiblemente argumentos turísticos de primer orden, pero, lejos de parecer este reportaje una guía de viajes, mi agradable extrañeza fue descubrir una ciudad tan vital. Deambulen por St. Pauli de noche, disfruten de los alrededores de esos lagos interiores donde sus habitantes se acercan a pasear en sus orillas y navegar en pequeños barcos veleros, o asistan a alguna representación musical, tanto moderna como clásica, para cerciorarse de esta vitalidad que relato.
Hamburgo tiene mucho de agua y de vida; dos conceptos que, en el caso de esta ciudad, están muy relacionados.