‘Dejé en libertad a mi pareja’
Hace cuatro años les escribí para contarles que era una muchacha muy exigente en el plano sentimental, muy celosa e impaciente. El profesional que contestó mi carta me hizo notar que ser así iba a destruirme porque eran reacciones negativas y que más bien debía enfocarme hacia lo positivo y grandes detalles. También me aconsejó que debía aprender a tolerar las diferencias que existían entre mi pareja y yo, y que debía actuar con naturalidad.
Sinceramente intenté que la relación saliera adelante con los consejos del profesional, pero no es fácil porque es una lucha con nuestros propios sentimientos. Así que un día tomé la decisión de iniciar una terapia de pareja a pesar de que tenía apenas 24 años en esa época. No saben lo bueno que resultó asistir con mi novio. Uno aprende que primero debemos vernos a nosotros mismos, es decir, nuestra esencia como seres humanos y, sobre todo, que debemos querernos para poder amar a los demás y sentirnos libres. Yo me sentía tan insegura de mí misma por mis fracasos anteriores que no me permitía ver más allá y esto impedía que apreciara lo bueno que tenía mi pareja.
Después de un tiempo, cuatro meses, noté que mi novio no se sentía cómodo conmigo. Hasta que un día me armé de valor y le pregunté qué le pasaba. Él me comentó que yo le gustaba mucho, pero que se había dado cuenta de que no estaba enamorado de mí, que la terapia de pareja que recibimos le sirvió para reparar en eso y que casarnos sería un error.
Mi novio me sorprendió mucho con esa confidencia y aunque parezca mentira no me puse a llorar. Más bien me sentí aliviada y por primera vez comprendí que lo mejor que uno puede hacer cuando ya no ama a su pareja es dejarla en libertad para que siga su camino y empiece con otra una vida nueva. Confieso que al haber tomado esa decisión y luego de agradecerle por todo lo bueno que viví a su lado y por disculparme por las escenas de celos que le hice, llegó a mi vida la seguridad que necesitaba para empezar con otro un nuevo romance que muy pronto terminará en el altar.
Roxana,
Quito
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