Domingo 31 de agosto del 2008 Cultura

Pintura lúdica, afiche de obra de Gauguin

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Salve, María, óleo sobre lienzo del artista francés Paul Gauguin, cuya reproducción circulará mañana gratuitamente, a modo de afiche, con Diario EL UNIVERSO.

Con este Diario circulará mañana una reproducción del cuadro Salve, María.

La pintura del francés Paul Gauguin (1848-1903) tenía un sello personal. Sus obras recogían la exuberante y misteriosa naturaleza y la mezclaba con divinidades que se volvían terrenales.

Uno de sus cuadros en que se presenta esa fusión es Salve, María, un óleo sobre lienzo que se expone en el Museo Metropolitano de Nueva York, Estados Unidos, y que circulará mañana gratuitamente, como afiche, con este matutino.

En este trabajo pictórico Gauguin escribe su título en el margen inferior izquierdo de la tela y lo hace en canaco, idioma propio de los nativos de la Polinesia, donde vivió por algún tiempo. La inscripción dice: Ia orana María, cuya traducción al español es Salve, María o Yo te saludo María.

La obra trata de una representación simbólica, una alegoría religiosa en la que un ángel con alas amarillas, ángel que recuerda en cierta manera al que lucha con Jacob en Visión del sermón (también pintura de Gauguin), parece presentar a dos indígenas de Tahití ante la Virgen María o el Niño Jesús.

La particularidad reside en que la Virgen María y el Niño Jesús, situados a la derecha del lienzo, e identificables por la corona santa que llevan sobre sus cabezas, también están representados como indígenas: el niño, desnudo; y ella, envuelta en una cotonada, una tela roja de motivos florales.

Se trata de una visión desacralizante de los personajes: la escena se sitúa en un ambiente tropical, lejos de la grandilocuencia de la pintura religiosa occidental. Las tahitianas tienen las manos juntas, en actitud de respeto, pero sin ampulosidad; los personajes sacros están desprovistos de rasgos de grandiosidad, sus rostros simplemente reflejan serenidad, paz.

La naturaleza contribuye a esta sensación de equilibrio, desde los racimos de plátanos de la franja inferior del lienzo, los mismos plátanos que aparecían en La comida (asimismo de Gauguin), hasta esa especie de arco azulado que se divisa en el cielo, en la parte superior.

Al pintar este lienzo, Gauguin estaba en Mataeia, distrito donde predominaba la religión católica y, muy probablemente, el choque entre dos tipos de tradiciones culturales y geográficas tan distintas le sugirieron la composición alegórica.

La formulación pictórica del artista francés rechaza captar la naturaleza tal cual es y busca “soñar” ante ella, dejándose llevar por las sensaciones. Vivir en distintos lugares, como Lima, Panamá, París, Tahití y la propia Polinesia lo llevó a involucrarse con esos paisajes y a imprimirlos en sus obras.

Gauguin sacrificó familia y fortuna para perseguir la pintura. Se introdujo en esta actividad durante el ocio, pero el contacto con pintores impresionistas provocaron su total involucramiento con el arte. Mario Vargas Llosa escribió sobre la relación del artista francés y su abuela, la feminista revolucionaria Flora Tristán, en su novela El paraíso en la otra esquina.
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