domingo 31 de agosto del 2008 Columnistas

¡Cosa más grande la vida, chico!

Tres Patines tenía  sentimientos profundos, pasmosa humildad, capacidad de asombro más aquella gentileza que me atrae de inmediato en seres humanos de cualquier condición social. Paladeaba la vida como quien saborea las cosas más simples. Almorzamos en mi casa con su esposa y la mía. Era un niño grande, inmenso, maravilloso.

¿La vida? El diccionario la define como el existir, el llegar a ser de un individuo, en cual caso temo que muchos no llegan siquiera a nacer porque no toman conciencia ni experimentan empatía ni aman hasta lo indecible. La vida es cuando sabes que vas a morir, catas cada minuto volviéndolo excepcional, te lanzas corazón abajo en los ojos de tu pareja, te estremeces miles de veces con el roce de su mano, su mirada, desafías cualquier peligro con tal de protegerla. Es cuando puedes asimilar tu pasado hasta volver al útero materno con aquel deseo de reencontrar aquella fuente húmeda, tibia, que te recuerda el amor de aquel entonces  sublimando la sexualidad.

La vida es cuando la sangre brota del corazón millones de veces, nuestros pulmones tienen como veinte mil aspiraciones al día, amamos hasta perder el norte, enloqueciendo a las brújulas, perdiendo la noción del tiempo, del espacio, cuando las arrugas, los cambios físicos no logran desalojar de nuestra alma la eterna juventud que otorgan las ilusiones. La vida es cuando tenemos conciencia de palpitar, estremecernos, cuando seguimos buscando el amor aunque nos haya herido centenares de veces, cuando las lágrimas convierten el sol en arco iris, lavan nuestra miradas, cuando frenamos a muerte para evitar el accidente o aceleramos a fondo para estrellarnos contra el amor imposible. La vida son sendas distintas, edades irreconciliables, la sonrisa mojada de Carlota Jaramillo, cuando “esta pena mía no tiene importancia, solo es la tristeza de una melodía, el íntimo ensueño de una fragancia”, cuando Ecuador me late en las sienes por un jirón de música arrancado del pentagrama: “No quiero verte triste porque me mata tu mirada de pena, mi dulce amor”. Es demasiado intenso como para llegar a ser cursi o trillado. Simple como el pan de cada día. No es literatura.

Un pedacito de pan se convierte en luz, logramos trocar en sonrisa la tristeza callejera, podemos mirar a una prostituta a los ojos, imaginar que una chispa de diosa sigue en ella entre dos caídas. Nos trepamos en un tren sin jamás encontrar el asiento reservado porque la posible pareja se bajó en la estación equivocada, llegó tarde, se fue demasiado temprano. A veces no se acercan quienes tanto tiempo se hicieron esperar, se marchan aquellos por quienes hubiéramos ofrendado nuestra propia existencia. Retamos a la muerte, al sufrimiento, al duelo, la desolación, corriendo hacia quienes nos necesitan más allá de nuestras penas. La vida es cuando podemos encontrar en un te amo lo que nadie jamás logró expresar, pasar la noche en vela al pie de una computadora o esperando en un aeropuerto imaginario aquel avión extraviado. ¿Por qué nos llevan justo en el momento en que del amor casi lo sabemos todo?
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