El artículo 80 del proyecto de nueva Constitución incluye una lista de delitos que no prescribirán nunca. En los borradores que se discutieron en Montecristi originalmente se incluyó en ese inventario el peculado, es decir la apropiación ilegal de fondos públicos. Pero en el texto de Constitución que se está distribuyendo, la palabra “peculado” simplemente desapareció.
León Roldós denunció hace pocos días que una mano negra adulteró el texto constitucional que se aprobó en Montecristi, así que le ha pedido al Ministerio Fiscal que investigue. Eso nos permitiría averiguar, entre otras cosas, quién borró el “peculado” de la lista de delitos imprescriptibles, y por qué.
Hay otra denuncia igualmente grave que deberíamos tomar en cuenta. Según un informe secreto de la Contraloría, hay indicios de que alguien falsificó las firmas de varios asesores de ex asambleístas, apropiándose ilegalmente de fondos públicos. En otras palabras, hay indicios de peculado en la gestión de la Asamblea Constituyente. El mismo delito que desapareció de la lista de crímenes imprescriptibles de la nueva Constitución.
Ni Alberto Acosta ni Fernando Cordero le quieren dar importancia a estas denuncias. Cordero le respondió a Roldós con un par de insultos y Acosta reconoció que no estaba al tanto de los argumentos de su ex aliado, pero que no había que tomarlo en cuenta.
Tampoco parece interesarles el informe secreto de Contraloría. Acosta dice que no tiene problemas en que se lo difunda, pero como Cordero se niega, el tesoro seguirá bajo siete llaves y solo nos enteraremos de la verdad después del referéndum.
Hoy en día no nos gobierna una ideología política sino un fundamentalismo religioso. No hay programas ni propuestas. Cualquier cosa se justifica (insultos, informes secretos, represión) si con eso “el proceso” avanza. ¿Pero qué hacemos con los que opinan que así como vamos el proceso no avanza? No les hagan caso, son gordas, bestias, enanos, pitufos, idiotas como tú; o sirvientes de la vieja oligarquía.
No hay antídoto para este veneno de insultos y acusaciones infundadas. Si uno se inocula, el contagio es inmediato. El primer síntoma es no ver, no oír, no sentir. Los funcionarios se vuelven sordos, no quieren oír denuncias, sobre todo si los involucran.
Luego, empiezan a esconder cualquier cosa que parezca trapo sucio. Abajo la transparencia. Vivan la bruma y la neblina que oculta los actos públicos. Antes había que reclamar que los negocios del Estado sean abiertos porque gobernaba la derecha. Ahora no conviene porque la izquierda perdería votos. Y como la izquierda no roba porque todos los izquierdistas son buenos, no hay de qué preocuparse.
Por fin, el veneno se apodera por completo de la persona, que comienza a patear a los disidentes, a darles de puñetazos, a ordenar que les lancen gases lacrimógenos y quizás, más tarde, bala. El enfermo, eso sí, mantiene todo el tiempo una sonrisa revolucionaria de lo más contagiante.
¿Se contagiaron ya Acosta y Cordero de ese mal?