Domingo 31 de agosto del 2008 El Gran Guayaquil

‘El respeto es algo que sí se añora’

Bértida Vera confiesa haber hecho ‘diabluras’, pero jamás faltar el respeto a nadie.

De rostro amable y una voz segura y dulce, Bértida Gertrudis Vera Varela pone énfasis en cada frase que pronuncia.

¡Uyy! y ¡Uff! exclama cuando se le pregunta por su niñez en el sitio Matapalo del cantón Calceta, provincia de Manabí, donde nació el 9 de octubre de 1908, a pocos meses de que su comprovinciano, Eloy Alfaro, inaugurara el ferrocarril Guayaquil-Quito.

La sexta y única sobreviviente de los trece hijos de Manuel de Jesús Vera y Alegría Varela, expresa que tuvo el amor de sus padres y por eso creció feliz en su campiña, donde como todo muchacho hizo ‘diabluras’, subió a los árboles y se ‘empachó’ de frutas. “Todo se hacía con respeto y la mirada vigilante de los mayores para que nadie se propase”, comenta.

En la escuelita de niñas de Matapalo estudió hasta el cuarto grado. Evocó que las tareas agrícolas y domésticas las aprendió de sus padres y parientes, pues las familias eran unidas. Todos trabajaban mucho y cuando se divertían lo hacían con gusto, enfatiza.

Recuerda los rodeos montubios, velatorios, las fiestas del caserío y de la Navidad,  mientras los anfitriones repartían deliciosos platos y dulces. Dice que en esa época se bailaba con los conjuntos y bandas, que tenían cantantes y gente que tocaba guitarra y otros instrumentos musicales.

Sonreída dice haber tenido pretendientes de quienes recibió serenatas, pero que la conquistó Víctor García Durán, quien la hizo su esposa a los 25 años. Con él, que ya falleció, procrearon a Vicente, Víctor (fallecido), Agapita, Ángel y Victoria; actualmente su descendencia la forman 23 nietos, 40 bisnietos y un tataranieto.

Desde hace 35 años se radicó en Guayaquil. Se alegra cuando afirma que esta ciudad ha cambiado mucho desde que la conoció y ahora “está hermosa”.

Recordó que en su tierra y en su familia se hablaba mucho de Eloy Alfaro y años después de Velasco Ibarra. Siempre me gustó estar activa y por eso les digo que me dejen hacer algo, pues no estoy inútil, aclara.

Tal es así que  lava su ropa, se baña y hace sus caminatas; ve un poco de televisión, lee algo y escucha la radio. Comenta que antes se comía muy bien con poca plata y que ahora todo está cambiado; el respeto al prójimo se ha perdido, insiste.

Escila Suárez afirma que los jóvenes sin valores han existido en todas las épocas.

Recuerda con gran lucidez el día en que elaboró una gran casa de muñecas de madera para su hija de cinco años.

A sus 100 años, cumplidos el pasado 11 de agosto, Escila Euterpe Cleopatra Suárez Pombar afirma haber tenido una infancia feliz, gracias al cariño de sus padres César Suárez Vargas-Machuca, quien tenía “alma de escritor”, y su madre Clara María Pombar.

Es la penúltima de cinco hermanos: Clobis, Electra, Dantón, Escila y Caribdis. “A mi padre le gustaba  la literatura. Él colaboró con los diarios El Telégrafo y EL UNIVERSO”, dice.

Comenta que se casó a los 22 años y procreó a Dialys, Brummel y Katushka. Tiene siete nietos y 16 bisnietos, una de ellas, Cristina, de 17 años, presente en la entrevista, ríe a carcajadas cuando Escila comenta que hace poco “arbitrariamente” un dentista le sacó tres dientes sin su consentimiento. “Fue un salvaje. No es como mi médico (cuyo nombre no recuerda) que era más delicado. Ya debe estar muerto”, agrega.

Aunque nació en Guayaquil, confiesa que la mejor época de su vida la vivió cada vez que visitaba la hacienda El Delirio, propiedad de sus padres, ubicada en Daule, pero eso sí, nunca descuidó sus estudios. Y afirma orgullosa que los maestros de primer grado de la escuela Municipal Mercedes Moreno la pasaron directamente a tercero.  

“Los jóvenes ahora también estudian pero se divierten demasiado. En mi época estábamos más dedicadas a las cosas de la casa”, admite.

Ella acostumbraba a comprar cosas de carpintería en el almacén de Max Mullër que estaba ubicado en Malecón e Illingworth y completar lo que faltaba en casa. “En una ocasión hasta pintó parte de una casa ubicada en Villavicencio y Gómez Rendón”, refiere su hija Dialys, de 75 años.

Algo que le molesta a Escila de la generación actual es el hecho de que las reuniones sociales empiezan a la hora que antes se terminaban.
Aunque afirma que “la juventud, si se quiere portar mal, lo hará en cualquier época si no tiene valores”.

Se pone nostálgica al recordar cuando viajaba con su esposo José Cabrera Noboa e hijos al sector conocido como Lolita, cerca de Bucay, cuando él trabajaba como pagador del Municipio. Ahora, dice, solo espera por una muerte tranquila.

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