En 1977 me dije: “Si algún día juego bien al tenis este es el lugar donde quiero hacerlo”. Aún recuerdo mi incredulidad cuando llegué a Nueva York, donde se juega ahora el último Grand Slam de la temporada.
Si hay un lugar del mundo donde me sentí como si estuviera jugando en casa, por el apoyo numeroso de mi gente, fue en Nueva York.
La satisfacción de haber competido en el Másters, como se llamaba anteriormente a lo que hoy es el ATP Tour Finals, en cuatro ocasiones en el mítico Madison Square Garden, representa no solo el reconocimiento a los mejores al término de la temporada, sino poder jugar frente al público deportivo más exigente del mundo. Pero entre ese público la felicidad de contar con el aliento de cientos de ecuatorianos que me apoyaron con cánticos y barullos imposibles de olvidar.
Forest Hills es uno de los nombres más reconocidos como sede del US Open y el West Side Tennis Club es una joya en medio del famoso barrio, con sus impecables canchas de césped que luego dieron paso al hard tru, o arcilla verde, donde se libraron batallas memorables. Y aunque no pude jugar en el US Open sí lo hice en el Tournament of Champions, que conquisté en 1987.
Flushing Meadows es el parque de los ecuatorianos y cada vez que jugué ahí sentí su aliento. Al principio, cuando era un desconocido en las canchas alternas podía oír los gritos de apoyo que llegaban desde fuera; complejo; eran de los compatriotas que no habían podido ingresar pero sabían que la cancha 18 estaba para las nuevas figuras que iban apareciendo.
Pero luego, cuando ya estuve mezclado en la élite, con el repiqueteo de las monedas al golpear en los tubos que dividen las tribunas de los palcos en el Louis Armstrong, donde el calor y la humedad de la ciudad asfixiaban, los aficionados me obligaban a dejar todo dentro de la cancha. Jugué ante un público eufórico que solo gusta de los ganadores.
Estos solo son tres de las arenas más famosas, aparte pude jugar también entre otras en el Meadowlands de Nueva Jersey, The Hamptons, South Orange, en el Yonkers, Fire Island, y por supuesto en el Central Park.
Esta semana comenzó del US Open, último Grand Slam del año, y es agradable poder recordar muchas de las vivencias y anécdotas que me ocurrieron desde 1977, cuando por primera vez visité Nueva York.
Fue por invitación de un amigo, con quien entrenábamos juntos en Hopman’s, para practicar en su casa de Brightwaters. Fue como preparación para torneos juveniles.
Tengo la certeza de la expresión de incredulidad que debí mostrar en la cara cuando nos acercábamos a Manhattan y pude ver, por primera vez la gran ciudad de Nueva York, con sus gigantescos edificios. Esa es una visión que todavía no deja de sorprenderme. Ese día también dije: Si algún día juego bien al tenis, este es el lugar donde quiero hacerlo.
“Quiero despertarme en la ciudad que nunca duerme y encontrar que soy el número uno, el rey de la colina. Arriba del montón” (Frank Sinatra).