Domingo 31 de agosto del 2008 Religiosa y Obituarios

La reprimenda

El evangelio de la misa nos ofrece este domingo una reprimenda que recibió San Pedro y que jamás pudo olvidar.

El apóstol solo pretendía que Jesús no padeciera, que no le rechazaran los ancianos, los escribas y los sumos sacerdotes, y que no le condenaran a morir. Y por eso, cuando oyó de labios de Jesús lo que en Jerusalén se preparaba, Pedro le apartó de los demás y trató de disuadirle cariñosa pero fuertemente: “No lo permita Dios – le dijo a su Maestro–. Eso no te puede suceder a Ti”.

La reacción del hombre-Dios fue fulminante: “¡Apártate de mí, satanás– le dijo al elegido como fundamento de la Iglesia–  y no intentes hacerme tropezar en mi camino!”. Y añadió después para que comprendiera la razón de aquella corrección tan dura: “porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres”.

Seguro que San Pedro no esperaba que el Señor reaccionara así. Seguro que por dentro pensaría: ¿por qué me trata así, si yo tan solo busco su felicidad, si lo que quiero es evitarle el sufrimiento?

Pero no debió durarle mucho el desconcierto. Porque enseguida oyó a Jesús que prevenía a sus discípulos: “El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará”.

Es decir, que quien pretenda únicamente el beneficio propio, y busque solamente el bienestar omnidireccional, acabará enterrándose a sí mismo. Pero el que viva para Dios y los demás, en vez de envejecer rabiando, se encontrará con el Amor de los Amores.

Y por si no quedaba clara la advertencia, el Maestro terminó poniendo a consideración una pregunta: “¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?”.

La vida que pasamos en la tierra, desde luego, vale más que todas las riquezas que se pueden conseguir. Pero Jesús no hablaba solo de esta vida. Él se refería a la que nunca acaba, a la vida en plenitud para la cual nos ha creado Dios. Él quería remacharles que el poder vivir con Dios –en esta vida y en la otra– es el supremo bien al que debemos aspirar. Y que jamás dejemos que los espejuelos del placer o del poder, nos hagan machacar nuestra conciencia.
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