Cualquier bibliómano me entenderá: tengo mucho de mi enorme colección de libros, por leer. Hecho que no obsta a que sigan ingresando nuevos ejemplares a mi sancta sanctorum, a mi finis africae (el imaginario de mis amigos ha convertido mis espacios en la biblioteca de El nombre de la rosa) para problematizarme la vida cotidiana pero también para hacerme soñar con un retiro en el que solamente lea y escriba. Este derroche biográfico viene a cuento de haber vuelto sobre la obra del muy querido Federico García Lorca y de que escarbando en cuanto tengo de él y en torno de su persona y obra, me he topado con una novela cuya existencia había olvidado por completo.
El tiempo ha dejado su impronta en los filos empolvados y amarillentos de un librito que adquirí en Quito, en el año de 1988, atraída por el sugestivo título El ingenioso hidalgo y poeta Federico García Lorca asciende a los infiernos. Su autor, el español Carlos Rojas, cuyo nombre no me dice nada pero de quien el infaltable Google me hace saber que es todo un escritor de amplia y variada obra, que se ha desempeñado como profesor de Emory, en los Estados Unidos, y que debe andar en edad muy venerable porque nació en 1928. Una lectura veloz me deja con sorpresas y preguntas que tal vez nadie me va a atender.
La novela, con este título a medias cervantino y de evidente intención contradictoria (todos estamos convencidos, en razón de Dante, de que al infierno se desciende) es una ficción abundante, hasta repetitiva, de lo que le ocurre al poeta granadino en su vida inmortal.
El narrador concibe el infierno como una espiral donde hay un teatro para cada huésped y en cuyo escenario desfilan sus recuerdos. De la vida del poeta se toca, nada más, su estancia en Madrid, en los nefastos días previos a la huida hacia su ciudad natal, sintiéndose amenazado por el falangismo; su refugio en la casa de los Rosales, seguidores de Franco pero amigos leales del poeta; su prendimiento y ejecución.
No hay duda de que la novela es un género vivificador.
García Lorca es un rostro hermoso, una personalidad admirable, una creatividad genial para cualquiera que haya seguido su vida. Pero solamente en una ficción narrativa lo sentimos palpitar, escuchamos su voz, sufrimos con su debilidad de hombre, con su temor a la muerte. Cierto es que su poesía lo presenta de cuerpo entero: “Mi dolor era un grupo de agonías / sobre tu débil corazón de arena” donde una sabiduría sobre el amor y el sufrimiento humano eleva una cátedra elocuente. Cierto también que su teatro de hondos personajes arranca de la vida perfiles que sobre las tablas agigantan rasgos que en la realidad se hicieron identificables. Ese es el Federico de preferencia universal, el letraherido, el siemprevivo.
El poeta asustado y valeroso al mismo tiempo, que he conocido en la novela de Rojas, se encuentra consigo mismo en ese teatro sobrenatural: el anciano que pudo ser en 1979, fecha del presente de la historia y cuando el autor ganó el Premio Nadal con su elucubración original.
Esos dos Federicos hacen balance de una España escindida y traicionera que fue capaz de matar a sus grandes, que redujo a una nación a una sola manera de pensar, que dejó a medio camino el producto de un talento deslumbrador, por el crimen de ser “rojo y homosexual”. Interesante trabajo el de Carlos Rojas.