Tatiana tiene 6 años, cumplirá 7 en tres meses y está aprendiendo a escribir y a leer en la escuela fiscal. También descubre la magia de los números, y los tesoros en ellos escondidos.
Hay que tener mucho respeto por las letras, le decimos. Así, cada vez que conoce una nueva, que aprende su nombre y su forma, que la dibuja y la mira, la saluda y la besa en su cuaderno, además de ponerle un sonido que la hace única. Se realiza todo un rito de presentación mutua. Señora B, soy Tatiana, mucho gusto, decía ayer… Comienza a fastidiarse cuando sale a la calle: “me canso de leer”, sostiene; los letreros luminosos la encandilan con el juego de colores y de letras que aparecen y desaparecen. Todavía no conoce todo el alfabeto, pero está interesada en leer cuentos y el periódico.
La humanidad con tan pocos sonidos ha llegado a comunicarse y escribir millones de libros que transmiten y sugieren lo mejor del espíritu humano.
Por eso de la mano de Tatiana tengo un renovado interés por las letras y las palabras. Y yo también descubro… Con la palabra creemos que podemos sostener al mundo, ordenar el caos, nombrar los objetos y hacerlos parecer “reales”. Con ella transmitimos conocimientos, necesarios para apoyarse en lo que ya se sabe, pero, ¿cómo dar el salto para que las nuevas generaciones aprendan a arriesgar en lo que no se sabe, que inventen, sueñen y realicen aquello que nosotros no nos atrevimos a soñar?
¿Cómo aprender a pensar? Repetir lo que otros ya saben nos da seguridad. Así se ha hecho, así debe hacerse… no hay que salirse de la norma, ni de lo establecido… Hay que cuidar la nota que nos pondrán… Más poder tenemos o creemos tener y menos nos gustan las inseguridades… El poder hay que preservarlo, protegerlo, amurallarlo, ponerle cerrojos, candados, defender su majestad…
Sin embargo, descubrimos que Tatiana aprende mejor cuando canta y baila. Así memoriza los números, cuando mueve todo su cuerpo y estalla en una carcajada que lo invade todo. A su madre le da miedo, quisiera detenerla, pero Tatiana, presa de un irrefrenable frenesí, canta: uno, dos, tres,… cien, ¡bomba!
Rubem Alves sostiene que quien baila con las ideas, descubre que pensar es alegría. Si le da tristeza pensar es porque solo sabe desfilar, repetir, como los soldados en formación.
Un amigo muy querido trabaja en manejo de conflictos, está inmerso en conflictos armados, dirige un masterado y es consultor de la Unión Europea en materias tan serias como las mencionadas. Sin embargo, cada vez que me escribe es una explosión de ideas creativas que transmite con una frase final que casi siempre dice: “Haciendo esto nos vamos a divertir…”.
La alegría debería ser el detonante y el resultado del aprendizaje, de la innovación, del vivir, del relacionarnos, de la política.
Por eso es evidente que algo anda muy mal en el país, cuando las confrontaciones, los insultos, el irrespeto, marcan el paso del quehacer político en sus diversas manifestaciones. Cuando el miedo paraliza las palabras, estas se quedan huérfanas y tristes dentro, agazapadas. Las que salen a borbotones enlodando y denigrando no construyen, dividen, hieren y matan. Matan la alegría del pueblo.