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La humillación que la expansión de la OTAN engendró en Rusia fue crucial para darle impulso al ascenso de Putin después del paso de Boris Yeltsin. Además, la adicción de Estados Unidos al petróleo le ayudó a impulsar los precios de la energía, llegando a un nivel que le dio a Putin el poder para actuar impulsado por esa humillación.
Si el conflicto en Georgia fuera un evento olímpico, la medalla de oro por estupidez brutal iría al primer ministro ruso, Vladimir Putin. La medalla de plata por imprudencia empecinada iría al presidente de Georgia, Mijéil Saakashvili, al tiempo que la medalla de bronce por crasa miopía sería para los equipos de política exterior de los presidentes Clinton y Bush.
Empecemos por nosotros. Tras el colapso de la Unión Soviética, yo estuve en el grupo –encabezado por George Kennan, el padre de la teoría de la “contención”, el senador Sam Nunn y el experto en política exterior Michael Mandelbaum –que argumentó en contra de la expansión de la OTAN, en ese momento–.
A nosotros nos parecía que, como finalmente habíamos derribado el comunismo soviético y visto el nacimiento de la democracia en Rusia, lo más importante estaba en ayudarle a la democracia rusa para que echara raíces y Rusia se integrara a Europa. ¿No fue por esa razón que nosotros peleamos la Guerra Fría, para darles a los jóvenes rusos la misma oportunidad de libertad e integración con Occidente que a los jóvenes checos, georgianos y polacos? ¿Acaso no era de mayor importancia consolidar una Rusia democrática que traer a la Armada checa a la OTAN?
Todo lo anterior era particularmente cierto debido a que, nosotros argumentamos, no había gran problema en el escenario mundial que pudiéramos abordar de manera efectiva sin Rusia, particularmente en lo concerniente a Irán o Iraq. Rusia no estaba por invadir Europa nuevamente. Además, los europeos orientales serían integrados a Occidente a través de la membresía en la Unión Europea.
No, dijo el equipo de política exterior del presidente Clinton, vamos a imponerles vigorosamente la expansión de la OTAN a los rusos, debido a que Moscú está débil y, por cierto, se irán acostumbrando. El mensaje a los rusos: Nosotros esperamos que ustedes se comporten cual demócratas occidentales, pero vamos a tratarlos como si aún fueran la Unión Soviética. La Guerra Fría ya terminó para ustedes, pero no para nosotros.
“Los equipos de política exterior de Clinton y de Bush actuaron con base en dos premisas falsas”, dijo Mandelbaum. “Una fue que Rusia era innatamente agresiva y que el final de la Guerra Fría no tenía posibilidades de cambiar eso, así que (los estadounidenses) teníamos que expandir nuestra alianza militar hasta sus fronteras. Pese a toda la palabrería pía con respecto a usar la OTAN a fin de promover la democracia, la creencia en la eterna agresividad de Rusia es la única base sobre la cual la expansión de la OTAN tuvo sentido alguna vez, particularmente cuando se considera que a los rusos les dijeron que ellos no podían unirse. La otra premisa era que Rusia siempre tendría que ser demasiado débil como para poner en peligro a cualquier nuevo integrante de la OTAN, para que así nosotros nunca tuviéramos necesidad de comprometer tropas para defenderlos. No nos costaría nada. Ellos estuvieron equivocados en ambos casos”.
La humillación que la expansión de la OTAN engendró en Rusia fue crucial para darle impulso al ascenso de Putin después del paso de Boris Yeltsin. Además, la adicción de Estados Unidos al petróleo le ayudó a impulsar los precios de la energía, llegando a un nivel que le dio a Putin el poder para actuar impulsado por esa humillación. Este es el crucial telón de fondo.
No obstante, hoy día nosotros debemos darle el respaldo a todo esfuerzo diplomático enfocado a reducir la invasión rusa de Georgia. Este país es una incipiente democracia de libre mercado, y no podemos meramente sentarnos a ver cómo es aplastado. Sin embargo, tampoco podemos abstenernos de notar que la decisión de Saakashvili de impulsar sus tropas en el interior de Tskhinvali, el corazón del enclave semiautónomo de Osetia del Sur en Georgia, le dio a Putin una fácil excusa para ejercer su puño de hierro.
Como notó Michael Dobbs, desde hace ya largo tiempo observador de Rusia en el diario The Washington Post: “En la noche del 7 de agosto..., Saakashvili ordenó una andanada de artillería en contra de Tskhinvali y envió una columna blindada para que ocupara la ciudad. Al parecer él esperaba que el respaldo de Occidente protegería a Georgia de una gran represalia de los rusos, aun cuando ‘pacificadores’ rusos casi seguramente resultaron muertos o heridos en el ataque georgiano. Fue un enorme error de cálculo”.
Y como también escribió la revista The Economist: “Saakashvili es un nacionalista impetuoso”. Su incursión en el interior de Osetia del Sur “fue imprudente y posiblemente criminal. No obstante, a diferencia de Putin, él condujo a su país por un rumbo mayormente democrático, redujo la corrupción y presidió sobre un acelerado crecimiento de la economía que no ha dependido, como Rusia hace en su mayor parte, de los altos precios del petróleo y el gas natural”.
Es por esta razón que la medalla de oro por brutalidad es para Putin. Sí, la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte fue imprudente. Putin la explotó a fin de sofocar a la democracia rusa. Pero, actualmente, se le ha subido a la cabeza la toma del poder del petróleo; ya sea su invasión de Georgia, provocaciones en contra de financieros occidentales y empresas petroleras que trabajan en Rusia o usando las reservas de gas natural de Rusia para intimidar a sus vecinos.
Si efectivamente persiste, esta conducta orillará a cada vecino ruso a ir en busca de la protección de Moscú y empujará a los europeos para que redoblen sus esfuerzos por encontrar alternativas al petróleo y gas de Rusia. Esto no ocurrirá de la noche a la mañana, pero, con el tiempo, ejercerá considerable presión sobre las defensas de Rusia, llevándola a volverse más aislada, más insegura y menos rica.
Por todas estas razones, Rusia haría bien en reconsiderar el gambito de Georgia por parte de Putin. Si efectivamente lo hace, nosotros haríamos bien en reconsiderar la dirección por la cual nos está llevando nuestra política sobre la OTAN y Rusia; así como averiguar si realmente deseamos pasar el siglo XXI conteniendo a Rusia de la misma forma que pasamos la mayor parte del siglo XX conteniendo a la Unión Soviética.
© The New York Times News Service.