Con motivo de mi anterior artículo ‘Derecho de la Iglesia a orientarnos’, recibí muchas felicitaciones y también algunas críticas negativas que se basan en la innegable culpabilidad de las autoridades eclesiásticas que estuvieron involucradas en los vergonzosos y abominables hechos de abuso sexual a menores.
Se ha abundado en los medios de comunicación sobre este tema que es, sin duda, la piedra de toque de la Iglesia católica siempre que se pronuncia sobre algún asunto y da a conocer su criterio sobre distintas realidades del mundo.
Nadie puede pretender minimizar esta culpa respecto de la cual, pedir perdón, no es suficiente, sobre todo para aquellos que no se sienten parte de la iglesia de Jesús y afectados directamente por las fallas de los pastores, como cuando la vergüenza llega a la propia familia, en este caso a la misma madre. El dolor es profundo y está ahí, pero una madre no deja de serlo por errada que esté en sus actuaciones.
Así sentimos los cristianos católicos respecto de nuestra madre la Iglesia, pecadora, porque está formada por hombres y todos somos pecadores, unos más, otros menos; pero también santa porque su cabeza es Cristo y tenemos la fe que la asiste el Espíritu Santo y aunque fallen las personas sigue siendo nuestra Iglesia y no pierde el derecho a orientar a sus fieles.
Esto es difícil de entender para quienes no aman a la Iglesia como debemos amarla los que pertenecemos a ella y que, más bien, aprovechan cualquier oportunidad para enrostrar sus errores, sobre todo cuando no concuerdan con sus criterios.
Esto está sucediendo actualmente con la defensa frontal de la vida que la jerarquía eclesiástica y los católicos estamos haciendo frente a la apertura peligrosa del proyecto de Constitución hacia la despenalización del aborto.
Los que están a favor del proyecto probablemente se sienten amenazados por quienes defienden la vida y, por eso, no votarán a favor del mismo. La mejor estrategia de muchos que están a favor consiste en desprestigiar más a la Iglesia sacando a relucir sus fallas. Esta práctica parece común y aceptada en política, la vemos a diario y quizás hasta nos parezca normal, no obstante que, utilizarla en una discusión interpersonal, es considerado por los especialistas en relaciones humanas como un “juego sucio”.
Efectivamente, es muy bajo, cuando tratamos un asunto y hablamos de un punto concreto, sacar a relucir otro, para desviar la atención o ganar una discusión. Los terapeutas familiares solemos señalar esto a las parejas o familias que vienen a consulta. Puede ser un mecanismo de defensa aprendido, pero no es una forma limpia de discutir, peor aún, cuando hay una estrecha relación entre las personas.
Lamentablemente, en las campañas políticas lo que interesa es ganar y no importan los medios pues la forma es secundaria para lograr el objetivo final. Estamos saturados de una propaganda que utiliza el juego sucio y la manipulación de las fallas de la oposición para convencer, que es tan ruin como emplear la mentira o las verdades a medias.
Sería muy triste que se nos vuelva natural esta manera de sostener criterios opuestos y que se nos pegara esta táctica en la vida familiar y social cuando existen muchos modos de lograr entendernos, conciliar criterios y negociar para que nuestras relaciones no se lastimen.
Este juego sucio es sembrador de diferencias y de odios.
Se está lanzando al país a la intolerancia, el irrespeto y la división. ¿Es imposible realizar una pelea limpia? ¿Es que no existen reglas de juego que valgan y se respeten porque en política “todo vale”?
Hoy, más que nunca, nos corresponde a los cristianos comprometidos utilizar con astucia las reglas de juego del amor.