Argentina es bicampeón olímpico, alto honor en su frondoso currículum. Fue un ganador más eficiente que brillante. Aunque su foja es irreprochable: 6 partidos, 6 victorias, 11 goles a favor, 2 en contra.
“Más rápido, más alto, más fuerte”. El escueto lema que Pierre Fredy, barón de Coubertin, eligió para los Juegos Olímpicos, sintetiza la lucha atlética, el afán de competir. Su ideal, afortunadamente, prosperó: hoy engloba a todos los pueblos y razas del mundo. Suena el himno y ondea la bandera de 205 naciones.
Una inigualable atmósfera, festiva y solemne, envuelve a cada competencia olímpica. Le confiere un valor único: allí la victoria no está envilecida por el dinero, aunque suponga millonarios contratos posteriores. Por esto Lionel Messi (que percibe en promedio unos 12 millones de euros al año) insistió en dejar el Barcelona e ir a Pekín, a prestar servicios ad honorem por Argentina. Deseaba experimentar la exquisita sensación de la gloria olímpica. Tal vez nunca volviera a tener esa chance. Pero ya está: el oro reluce en su pecho templado (Messi es pequeño, mas no es un témpano, late dentro suyo el corazón de un campeón).
Argentina es bicampeón olímpico, alto honor en su frondoso currículum. Fue un ganador más eficiente que brillante. Aunque su foja es irreprochable: 6 partidos, 6 victorias, 11 goles a favor, 2 en contra. Y Messi, listo ya para ser el mejor jugador del mundo. Messi une las épocas: posee la habilidad de los del pasado con la rapidez del presente. Su arte consiste en llevar la pelota pegada al botín a una fantástica velocidad de crucero. “En Brasil tenemos a Kaká y Robinho, pero Messi hace cosas diferentes”, reconoció Pelé, entronizándolo sin demeritar a aquellos.
La medalla y el laurel son un homenaje al amor del futbolista argentino por su camiseta, a su inclaudicable afán de triunfo. Con errores, con fallas, con limitaciones, por el título mundial o por una copa de lata, manda el caballo siempre adelante. A veces se le da, como ésta de Beijing, que duplica el oro logrado en Atenas 2004. Y con un gol de ensueño de un jugador enorme llamado Ángel Di María. Hasta unos meses atrás, todos lo identificábamos simplemente como “el flaquito Di María, el de Central”. Parecía que se iba a desarmar corriendo, aunque siempre manifestó esa zurdita picante, linda, capaz de hacer graciosos arabescos sobre el verde.
Hoy es un maravilloso jugador, robustecido de piernas, al que pretende el Real Madrid y por el que se van a pelear pretendientes grandes.
Messi le puso una cortada magistral, abriendo un tajo en la defensa nigeriana. El Flaco (que cada día nos recuerda más a la Bruja Verón), partió raudo, ganador, y a la salida del golero se la picó por arriba, suave, exquisita. Una bomba de crema, un gol de crack. Fue un calco del que le marcó a Holanda en cuartos de final. Genial habilitación de Messi, notable definición de Di María con tres dedos, ésa vez a rastrón, la que más les duele a los arqueros.
Nigeria careció de juego para perforar la firme defensa albiceleste. Nunca estuvo cerca del oro, su excesiva reciedumbre tampoco lo merecía.
La indudable espectacularidad de los Juegos actuales no tienen, con todo, la épica de los antiguos. Aún retumban aquellas epopeyas de Uruguay en 1924 y 1928, cuando puso a Sudamérica en el mapa de la consideración mundial. También es cierto que el fútbol estaba naciendo y carecía del grado de competitividad actual. La superioridad rioplatense sobre el planeta, ocho décadas atrás, era insultante, no obstante había que demostrarla. Uruguay lo hizo. Su gloria es inmarcesible.
Pero es la hora de Argentina. El país de Di Stéfano y Maradona, de Kempes, Batistuta y Messi se bañó en oro. ¡Salud, campeón!