lunes 25 de agosto del 2008 Columnistas

Académicos y políticos

¿En dónde se perdió el académico que se negaba a entrar a los edificios equipados con cámaras de seguridad y que prefería faltar a una importante reunión si a la entrada le exigían dejar su cédula en manos del guardia o del conserje? ¿En qué momento se impuso el político que hace uso del mismo poder que antes quería limitar? ¿Qué lo llevó a sustituir la bandera de la protección irrestricta de la privacidad por el Plan Libertador? Es imposible dejar de hacerse estas y otras preguntas similares cuando se escuchan las declaraciones y se observan los actos del Ministro de Gobierno. Su caso es emblemático porque fue una de las personas que con mayor fuerza y claridad defendieron las garantías individuales y los principios liberales de organización del Estado. En el aula, en los medios y en todas las esferas de la vida cotidiana sostuvo una posición de principios que no fue bien vista por quienes siempre han sostenido que los fines lo justifican todo.

Más allá de lo personal, su caso tiene importancia porque fue la mejor expresión de una corriente que proponía otra forma de hacer política y que parecía tomar cuerpo en grupos –como Ruptura de los 25– que cuestionaban las prácticas imperantes. Sí, más allá de lo personal, la conversión del académico en el político tradicional no es patrimonio exclusivo del ministro de la Policía. Por el contrario, prácticamente sin excepciones, quienes han recorrido el camino que lleva desde la academia hasta la oficina gubernamental o hasta el cargo político han puesto en la congeladora los ideales por los que hasta hace muy poco tiempo estaban dispuestos a jugarse. La promesa de sacarlos de ahí en un futuro indeterminado –cuando se apruebe el proyecto de nueva Constitución, cuando se reelija al presidente o quién sabe cuándo– es una forma de mantener tranquila su conciencia, pero nunca será una justificación válida para las personas que confiaron en la renovación de pensamiento y de acción que se anunciaba en aquellas posiciones de principios.

El problema no es nuevo. Alrededor de un siglo atrás fue abordado por Max Weber, uno de los padres fundadores de las ciencias sociales, en sus conferencias sobre el político y el científico. Después de un análisis profundo y agudo de las características de cada una de esas dos vocaciones y de destacar los conflictos que se producen cuando una persona pasa de uno de los campos al otro, el autor alemán sostenía que ese tránsito debía guiarse por la ética de la responsabilidad. Dicho de otra manera, esa transformación del académico en político debía hacerse con estricto apego a los principios. Más que una gran dosis de conocimientos y de destrezas, lo que podía ofrecer el académico en su paso por la política era precisamente la preservación de esos fundamentos como guía de su acción. Esa sería la única forma de lograr una elevación cualitativa de la actividad política y marcaría la diferencia con el político tradicional. De estos hay muchos, los otros escasean.
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