Un trozo de Parmesansan hecho en Lituania, un paquete de Parmazano Fiorentino producido en Gran Bretaña y un pedazo de Parmezano alemán vendido en México es la colección de quesos impostores del inspector Giorgio Capovani.
El variopinto surtido de quesos, hace mucho expirados, que guarda en el refrigerador prueba que las estafas no conocen fronteras o límites para la imaginación. Pero no se trata solo de queso, también los jamones, la albahaca y el vinagre pueden ser sospechosos.
Capovani, cuya barriga podría ser rival de las enormes piezas del queso Parmigiano-Reggiano, es uno de los cada vez más numerosos detectives de alimentos que son contratados por los productores italianos, merecedores de la prestigiosa protección para productos con denominación de origen de la Unión Europea.
Un museo de cientos de falsificaciones es la descripción que Capovani hace a su colección de quesos fraudulentos.
En el salvaje mundo de las estafas gastronómicas, hombres como Capovani son una especie de jefe policial. Son funcionarios judiciales que pueden exigir que se les deje entrar a ciertas propiedades, examinar documentos y confiscar productos de las bodegas de los comerciantes mayoristas o los pasillos del supermercado.