Desde la racional pensaremos que es una historia llena de coincidencias fáciles y con un final previsible desde cuando el lector se acerca al último tramo de la obra. Pero aun así, El niño con el pijama de rayas resulta una lectura interesante y, sobre todo, bastante actual.
Es una novela escrita por John Boyne, un autor irlandés de 36 años, que antes había publicado cuatro libros y que con esta obra alcanzó un éxito unánime de ventas. Y premios internacionales. Incluso El niño con el pijama de rayas pronto será una película. En realidad, es una historia muy cinematográfica.
Independientemente de la óptica con que se lea este libro, no se puede desconocer el acierto que ha tenido el autor al momento de escoger el punto de vista desde el cual cuenta un tema harto manoseado en la literatura y en el cine: el genocidio de millones de judíos perpetrado por la Alemania de Adolfo Hitler (el Furias, en el libro).
Quien nos da cuenta de lo que pasa es Bruno, un niño alemán de 9 años, hijo de un comandante de las filas del Furias (la historia se desarrolla en la década del cuarenta). Y lo hace con una mirada inocente, descontaminada, pura. Él no sabe el trabajo que realiza su padre. Solo sabe que usa un uniforme y que los demás lo saludan con deferencia. Desconoce también que hay campos de concentración. Y nunca había oído la palabra judíos. No tiene nada claro. Está inmerso, sin saberlo, en ese mundo de horror para el que sin embargo tiene una mirada amable.
El niño con el pijama de rayas no es él precisamente. Aunque de algún modo también lo sea (pero no nos adelantemos). Es Shmuel, su amigo polaco, y todos los niños que habitan en el campo de Auchviz (así lo escriben en el libro) y que, como cualquiera de los confinados en este lugar, llevan como vestimenta un pijama gris de rayas.
La obra no está contada de manera lineal. Está narrada de manera fragmentada. Comienza cuando Bruno tiene que mudarse, junto con su familia, de Berlín a Auchviz. Luego se intercalan capítulos que reconstruyen el inmediato pasado y que hacen que el lector se vaya armando de antecedentes. Pero nada explícito. Todos, de alguna manera, percibimos lo que percibe Bruno. Tenemos la versión que a él le cuentan. La cara de la moneda que a él le presentan.
En Auchviz, desde la ventana de su nueva casa, Bruno ve que a lo lejos hay una alambrada que separa el territorio. Del otro lado de esa alambrada, alejado del montón, está un niño solitario, con quien traba una amistad que pasa por grandes pruebas. Y ese niño es Shmuel, que, como Bruno, tiene nueve años. Nació el mismo día.
Decíamos que es una historia llena de coincidencias fáciles. Pero estas coincidencias hacen que la historia se vaya perfilando con ese tono emotivo e impactante (lacrimógeno) que tal vez de otro modo no sería posible.
De cualquier manera, y pese a los reparos que se le puedan hacer, la novela es un homenaje a la amistad y, paradójicamente, a la pureza. Un libro sin edad. Para adultos, pero asimismo para niños.
Y, además, propone una reflexión final apropiada para estos tiempos: ¿acaso la injusticia y el horror no tienen suficiente fuerza por sí mismos para movilizarnos? ¿Tienen que tocarnos directamente para que reaccionemos?