“Esto se trata de poder conectarnos”, dijo Katherine Brainard Robinson. “Solo mire a su alrededor, todos necesitan unirse y comprender a los demás. Eloy Alfaro creía en que la única vía de desarrollo era la unión entre Costa y Sierra, así como grandes proyectos ecuatorianos con extranjeros”.
La Corporación para el Desarrollo de la Educación Universitaria (Codeu) presenta en el centenario de la fundación del primer ferrocarril ecuatoriano el libro El ferrocarril en el cielo, que proporciona por primera vez documentos familiares y fotos a los que no han tenido acceso otros investigadores. Las autoras Elizabeth Harman Brainard y Katherine Brainard Robinson, hija y nieta de Archer Harman II, relatan sucesos que no han sido debidamente comprendidos en el Ecuador y son casi desconocidos en los Estados Unidos.
De acuerdo con John Sanbrailo, director de la Fundación Panamericana para el Desarrollo (Fudap), esta nueva edición se reconoce como una valiosa fuente de información para las personas interesadas en comprender un capítulo clave de la historia nacional y sobre aquellos caudillos como Alfaro o visionarios como los Harman, que han trabajado con dedicación y compromiso en el desarrollo de la nación.
Del caballo al tren, una sola vía
“Esas tierras son ingobernables”, dijo Simón Bolívar desilusionado. “Quienes hemos servido a la revolución hemos arado en el mar”. Las llamas que flamearon contra la Gran Colombia por hacer de Ecuador una república independiente, son parte de la historia de un país que se parece mucho a su tierra: volcánica, sujeta a fuertes tensiones internas y muy a menudo, paradójica.
Después de varios gobiernos y muchos años de por medio, durante su periodo presidencial entre 1892 y 1895, Alfaro, el “Viejo Luchador” de Montecristi, emprendió el proceso de modernización del Ecuador, con una primera intención de unificar al país conectando la Costa con la Sierra al construir el ferrocarril que había sido objeto de burlas, críticas y denuncias y que, a fin de cuentas, había sido abandonado.
La documentación pretende enseñar de esta forma, no solamente lo que sucedió durante una notable época reformista, sino también las discrepancias que surgieron en un convulsionado Ecuador y que provocaron que grupos políticos equivocadamente llamaran al ferrocarril “obra del diablo”.
En el libro se reconocen las odiseas que debieron transcurrir durante la obra; por evidentes razones personales y políticas, los Harman, Eloy Alfaro y los liberales eran presas fáciles de la difamación, muchas veces acompañados en los titulares de diarios conservadores como “el peligro yanqui”.
La polémica alrededor de estos progresistas sin embargo, llenó de orgullo a los ecuatorianos que conocían de cerca al proyecto de G&Q Railway (la compañía ferroviaria Guayaquil&Quito). Muchos de los nietos o hijos de aquellos que trabajaron para el ferrocarril, cuentan orgullosos sobre el mismo suelo, lo que costó y lo que valió todo aquel esfuerzo.
Herederos de una historia
En 1998, Katherine Brainard viaja por primera vez a Ecuador para recorrer la ruta en la que sus antepasados invirtieron gran parte de sus vidas. Para una clara contextualización, escuchó, vio y revivió a sus anchas las anécdotas que fue recolectando para el libro.
Escogió el camino por el que pasó el tren, subió a la Nariz del Diablo para luego celebrar en la estación de Chimbacalle –en el mismo lugar donde se inauguró el ferrocarril– la inclusión de uno de los eslabones primordiales en una ruta que sufría de grandes vacíos.
Así pudo, no solo contar hechos desde los recuerdos escritos de los hombres de su propio árbol genealógico, sino también describir el terreno de estas memorias, con su fauna y su flora respectiva; algo difícil de transmitir si no ha sido descubierta in situ.
Muchas de las ilustraciones que se aprecian dentro del libro provienen de álbumes de fotografías de la obra tomadas por el fotógrafo John Horgan, en 1901 y 1902. Para acentuar sus documentados estudios, las pocas conjeturas que completan el cuerpo narrativo de esta historia son lo que las herederas Harman llaman “lo transmitido de generación en generación”.
Su encuentro con las fuentes directas, según Brainard, la llevaron desde ese entonces a reflexionar acerca del paso del tiempo, de las estaciones de sus propias vidas familiares. El ferrocarril en el cielo celebra también esos descubrimientos.
El reto de las autoras de haber relatado los hechos de la manera más veraz posible se diferencia un poco al reto de los verdaderos herederos del ferrocarril, los ecuatorianos: aclarar el panorama actual que exige de perspectivas comprometidas sin caer en estereotipos y caricaturas negativas que solo producen más vacíos históricos.
Dos hermanos
En sus años de exilio político en Panamá, con 53 años y después de 30 años de insurrección, Alfaro concluyó que solamente los norteamericanos podrían ayudar a completar un proyecto en Ecuador como el Ferrocarril de Quito a Guayaquil. Y para esto, encontró a los hermanos Archer y John Harman del estado de Virginia, llenos de juventud, ambición y optimismo.
Y como lo dijo el general Alfaro, “lo heroico de este capítulo es la experiencia de trabajo y solidaridad entre norteamericanos y ecuatorianos”. El ferrocarril llega a ser desde su aparición, un símbolo de cooperación internacional que, de acuerdo con John Sanbrailo, aún no ha sido suficientemente comprendido.
El ferrocarril nunca pudo ser finalizado sin haber contado con la capacidad empresarial, dedicación y liderazgo de Archer Harman, al gestionar el financiamiento de la obra, así como también la pericia de su hermano John, experto en ingeniería y construcción en terrenos difíciles e inestables.
Para Archer Harman (Virginia, 1859), soñador de fortunas, el fracaso era un imposible y la perseverancia era la clave. Creció en una época de reconstrucción social, un mundo lleno de cambios debido a la industrialización, donde las antiguas reglas habían desaparecido y se abrían a otras nuevas.
Sin madera para el ejército, a pesar de su formación en el Instituto Militar, se puso a trabajar con su padre en contratos ferroviarios en los estados de Virginia y Kentucky. Esta experiencia modifica los conceptos del espacio, el espacio y los viajes para Archer, y aprendió sobre ferrocarriles, transportes y negocios desde el aspecto práctico.
Su hermano John, seis años menor que él, era todo lo contrario; disciplinado, creyente del orden y del régimen. Tenía 17 años cuando entró a la Academia Militar de West Point, donde, según las crónicas de su promoción, era un tipo muy popular, generoso e impulsivo. Fue ahí donde conoció a Francis R. Shunk, cadete y compañero de su promoción en 1887, hijo de William F. Shunk, quien haría las inspecciones en Ecuador para la Comisión del Ferrocarril Intercontinental. En ese entonces no sabría que su destino estaría atado a los Andes, donde murió a los 42 años de fiebre amarilla, sacrificando su salud por la obra como muchos otros.
Don Eloy
La obra de Eloy Alfaro fue sin duda una idea influenciada por el ferrocarril transcontinental en los Estados Unidos, iniciado por Abraham Lincoln. Ambos líderes, tenían objetivos similares al unir a los pueblos. El compromiso liberal de Alfaro para modernizar al país se entiende como parte del espíritu de la época, donde los vientos del progreso solo empujaban a los más audaces.
En un notable discurso reseñado en el libro, Alfaro dijo: “(…) La revolución liberal en el Ecuador, tiene que ser esencialmente social, y sin el ferrocarril, sin esta liza abierta a todas las aptitudes, a todas las inteligencias, a todas las actividades mediante el desarrollo amplio, (…), no se alcanza ni a concebir la transformación moral, intelectual y física que la ley del progreso demanda para el triunfo de una vida radiante en la verdadera democracia”.
100 años después, la que fue la Guayaquil & Quito Railway del Ecuador, aunque todavía lleva las letras G&Q en muchos de los coches de pasajeros de un vivo color rojo, se llama ahora EFE (Empresa de Ferrocarriles del Estado). Hasta la década de 1950, la G&Q fue el principal medio de transporte en el Ecuador para pasajeros y carga.
Después de la Segunda Guerra Mundial se abrió la carretera Panamericana, que seguía el curso del antiguo camino inca a través de la Sierra. Inundaciones, terremotos y desastres naturales han ido extinguiendo los rastros de la vía férrea con el paso de los años, dejando solo, las cenizas de un gran fénix.
“(…) La revolución liberal en el Ecuador tiene que ser esencialmente social, y sin el ferrocarril, sin esta liza abierta a todas las aptitudes, a todas las inteligencias, a todas las actividades mediante el desarrollo amplio, (…), no se alcanza ni a concebir la transformación moral, intelectual y física que la ley del progreso demanda para el triunfo de una vida radiante en la verdadera democracia”.
Gral. Eloy Alfaro, discurso ante el Congreso, 1898