- AGO. 24, 2008 - Foto - Religiosa y Obituarios - EL UNIVERSO
Es muy razonable suponer que Pedro y los demás, después de lo vivido con Jesús durante ya más de dos años, debían preguntarse muchas cosas, sobre la identidad divino-humana del Maestro.
Le habían visto hacer tantos prodigios, portentos y milagros, que no podían desechar la idea de encontrarse junto a un hombre egregio. Pero la superpersonalidad humana de Jesús no lo explicaba todo.
Lo que hablaba y lo que hacía no correspondía a un hombre de este mundo, por muy superdotado que estuviera. Parecía ser de un hombre superior, de un hombre casi Dios.
Mas eso no podía ser. No podía ser un semidiós. No había más que un solo Dios a quien debía amarse con amor total, perenne, exclusivo y estable. Un Dios a quien Jesús llamaba Padre, ciertamente. Pero un Dios a quien también debían ellos dirigirse con la misma confianza.
Era hombre, y solo hombre. Porque se fatigaba como hombre, necesitaba el sueño como hombre, comía como hombre, bebía como hombre, y así se comportaba de ordinario.
La mejor explicación sobre la identidad de Jesucristo, la que podía dar razón de sus humanas servidumbres y de sus fuerzas sobrenaturales, era la de admitir –como tantos admitían– que se daba en el Maestro cierta reencarnación de algún excepcional profeta. Pero tampoco este expediente les llegaba a convencer. Era absurdo que en Jesús hubiera un alma reencarnada y no se lo dijera a nadie.
Todo esto no lo dice hoy el evangelio. Lo que dice es que cuando Jesús les preguntó lo que la gente imaginaba sobre Él, enseguida le comunicaron: “Unos dicen que eres Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías, o alguno de los profetas”. Y que después, cuando les precisó, “y ustedes, ¿quién dice qué soy yo?”, solo Pedro respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.
Esta afirmación de Pedro fue un regalo de Dios, no un hallazgo de su perspicacia. Una gracia que podía Pedro rechazar pero que aprovechó con su potente fe. Por eso recibió la condición de fundamento de la Iglesia, la promesa de que los poderes del infierno no podrán jamás con ella, y el poder de nunca equivocarse al definir lo que es la fe y la vida coherente del cristiano. Es decir, por eso Dios le dio a San Pedro el poder pronunciar la última palabra.