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Cómo responder a la difamación política

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El aviso “Margarita”, en 1964, sugería que el republicano Barry Goldwater desataría una guerra nuclear.
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Agosto 24, 2008

Aunque todo hace pensar que las anotaciones de este año en los anales de las difamaciones en campañas alcanzarán profundidades nunca vistas, tal vez no sea para tanto.

Para algunos, el ejemplo más reciente de difamación es el libro Obama Nation, donde se sugiere que el senador Barack Obama, sería un izquierdista extremista drogadicto, musulmán. Pero en cuanto a poder de difamación crudo y aplastante, el aviso “Margarita” de 1964, realizado para la campaña del presidente Lyndon B. Johnson y que sugería que la elección del candidato republicano, Barry Goldwater, significaría el fin de la vida en la tierra, nunca ha sido igualado. El aviso mostraba a una chica deshojando los pétalos de una margarita, luego cortaba pasando a una explosión nuclear y su nube atómica mientras una voz en off instaba a los votantes a respaldar al presidente Johnson.

Y la “encuesta” telefónica de último momento en las primarias republicanas en Carolina del Sur en 2000, preguntando, “¿Sería más o menos probable que usted votara por John McCain si supiera que tiene un hijo ilegítimo negro?” quizás mantendrá su lugar destacado en el ranking de las difamaciones durante bastante tiempo.

Pero los historiadores y otros dicen que la campaña presidencial de 2008 ha alcanzado un nivel de sofisticación en difamaciones y contra-difamaciones que no tiene precedente.

“El marketing viral que estamos viendo es fascinante”, dijo Sid Bedingfield, profesor invitado de periodismo en la Universidad de Carolina del Sur. “La velocidad con que la campaña de Obama puede responder a las acusaciones ha sido muy impresionante”. Durante mucho tiempo hubo una polémica entre los profesionales políticos respecto de cuándo y cuánto responder a las críticas del otro bando.

Pero la noción misma de marketing viral, una expresión que describe la multiplicación exponencial de los mensajes de campaña enviados por email a una red de personas que lo envía a otra, refleja la respuesta que surgió de esa polémica: No hay que esperar. Todo se mueve a altísima velocidad.

“La lección de los últimos 20 años es responder en forma inmediata y agresiva, y abarcar un frente amplio”, dijo Bedingfield.

El ciclo interminable de la información, la explosión de la blogosfera y el trabajo freelance de grupos independientes como los veteranos de Swift Boat de 2004, cuya campaña contra las credenciales de guerra de John Kerry afectaron su candidatura han hecho que cada campaña esté alerta para responder a un daño potencial.

Este año, algunos candidatos pensaron en cómo sacarle provecho a la supuesta interactividad de la nueva era de la política. En junio, ante la avalancha de rumores en Internet referidos al patriotismo y la religión de su candidato, la campaña presidencial de Obama lanzó una página web, “Combatir las difamaciones”. Los seguidores que reciben emails de ese tipo pueden visitar el sitio de Obama para acceder a las refutaciones oficiales a docenas de acusaciones, y luego usar el sitio para reenviarlas a los que mandaron y recibieron el mensaje original.

Pese a toda esta nueva tecnología, el texto esencial de las difamaciones es más o menos el mismo de siempre, dijo Paul F. Boller Jr., ex profesor de Historia en la Texas Christian University y autor de Campañas presidenciales: de George Washington a George W. Bush. “Religión y sexo, y si el otro tipo es un ‘hombre’ de verdad”, dijo Boller. “Se reduce a eso”.

¿Es siempre posible ignorar un ataque? El consenso en este momento es que no.

Para Al Tortorella, ejecutivo de relaciones públicas especializado en crisis empresarial, el político es más vulnerable que el ejecutivo empresarial medio a que una difamación lo tome con la guardia baja.


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