El senador John McCain llegó tarde a su oficina del Senado la mañana del 11 de septiembre de 2001, apenas después de que el primer avión hiciera impacto en el World Trade Center. “Esto es la guerra”, murmuró a sus colaboradores. El sonido de los aviones de combate hacía temblar los vidrios de las ventanas y sembraba el pánico en la sala.
En cuestión de horas, McCain, el héroe de la guerra de Vietnam que había competido por la nominación presidencial en 2000, había adoptado un nuevo papel: el de principal impulsor de una venganza contra Al Qaeda mucho más allá de Afganistán. En una maratón de apariciones televisivas y radiales, recitó una lista de otros países que se pensaba apoyaban el terrorismo, donde estaban Irak, Irán y Siria.
En el transcurso de un mes sus prioridades quedaron claras. “Es evidente que Irak es el primer país”, declaró a CNN. El 2 de enero se encontraba a bordo del portaaviones Theodore Roosevelt en el mar Arábigo y gritaba ante una multitud de efectivos de la marina y la fuerza aérea: “¡Ahora a Bagdad!” Su respuesta a los atentados proporciona un adelanto de cómo podría abordar las importantes responsabilidades de un posible comandante en jefe. Al igual que muchos, de inmediato reevaluó su posición respecto de los riesgos invisibles para la seguridad estadounidense. Pero también empezó a sugerir que veía una nueva “oportunidad” de disuadir a posibles enemigos mediante el recurso de castigar, no sólo a Al Qaeda, sino también a Irak.
“Así como el 11 de septiembre revolucionó la decisión de derrotar a nuestros enemigos, también nos hizo ver las oportunidades que tenemos de asegurar y expandir la libertad”, dijo McCain durante una reunión de la OTAN en Munich a principios de 2002 en la que instó a Europa a sumarse a lo que describió como un indudable ataque a Saddam Hussein. “Un mundo mejor ya está emergiendo de los escombros.”
Para sus admiradores, la respuesta de McCain al 11-S constituye su principal atractivo. Sostienen que este mes volvió a dar muestras de la misma decisión cuando instó a castigar a Rusia por su incursión en Georgia.
Quienes lo critican afirman que las emociones del 11-S hicieron trizas su anterior prudencia respecto del despliegue de tropas estadounidenses sin que hubiera un interés nacional claro y una salida bien definida.
“Tiene la personalidad de un piloto de combate: cuando alguien lo provoca, quiere atacar”, señala el general retirado John H. Johns, un ex amigo y partidario de McCain que se apartó de él debido a la guerra en Irak.
Ya sea por ideología o por instinto, McCain empezó a impulsar la invasión de Irak más de seis meses antes de que la Casa Blanca comenzara a hacerlo. Se basaba en principios que había incorporado durante su infancia y adolescencia en el seno de una familia de militares y en conclusiones a las que llegó en los cinco años en que estuvo prisionero en Vietnam del Norte.
Los seguidores de McCain señalan que éste siempre criticó la forma en que el gobierno había ejecutado la ocupación y le atribuyen el mérito de haber impulsado el “aumento” de tropas que contribuyó a una mayor estabilidad. McCain no lamenta haberla impulsado.
Respondió preguntas por escrito y responsabilizó a la “opacidad de Irak bajo Saddam” de cualquier declaración errada que pudiera haber hecho respecto del peligro que planteaba. Los atentados del 11-S, agregó, son un recordatorio de la importancia de la acción internacional “para evitar que estados que no respetan la ley –como el Irán actual– desarrollen armas de destrucción masiva”.
La familia McCain ha mandado a un hijo a cada guerra estadounidense desde 1776. Las relaciones internacionales eran un tema habitual en la mesa. El senador creció escuchando las conferencias de su padre, el almirante John S. McCain Jr., sobre “La flota de los cuatro océanos y la amenaza soviética”. “Para citar a Sherman, la guerra es un infierno y tenemos que librarla y vencerla, y es entonces cuando termina la matanza”, recordó Joe McCain, el hermano menor del senador.
Durante años, sin embargo, McCain se opuso a una serie de intervenciones –en Líbano, Haití, Somalia y, por un tiempo, los Balcanes– con el argumento de que la opinión pública protestaría por la pérdida de vidas sin que existiera un interés nacional claro.
Fue durante las guerras de los Balcanes que McCain y sus asesores leyeron un artículo de William Kristol y David Brooks, del Weekly Standard –ahora columnistas del New York Times–, que había publicado el Wall Street Journal en su página editorial. El mismo impulsaba la idea de un conservadurismo de “grandeza nacional”, que se definía por una agenda más intensa en el plano interno y un papel internacional de mayor fuerza. McCain y sus asesores celebraban consultas periódicas con el círculo de teóricos de una política exterior agresiva a los que se llamaba neoconservadores.
Algunos de quienes critican a McCain lo acusan de buscar un pretexto para justificar la guerra de Irak. En su e-mail, McCain replicó: “Pienso que los votantes eligen a sus gobernantes por su experiencia y su capacidad de discernimiento, lo que comprende la capacidad de adoptar posiciones de fuerza, por ejemplo, en asuntos de guerra y paz”, escribió. “Es importante que lo tengan claro”.